Eres igual a ti, y desigual, lo mismo que los azules del cielo.

Juan Ramón Jiménez


miércoles, 16 de marzo de 2011

EL FICUS


Imagen: Joseph Larkin

En primer lugar tengo que agradecer a Marcela el comentario que dio origen a la idea que germinó en este relato


Al inicio de su primer día de trabajo estaba entusiasmada. La noche anterior apenas había dormido y se la había pasado hablándole a las estrellas, confidentes, apoyada en el marco de la ventana. La ciudad parecía especialmente inquieta, como si de algún modo compartiera su nerviosismo. Las luces de los coches hormigueaban constantemente. Cerró los ojos y por un momento se la imaginó irguiéndose y sacudiéndoselas con las manos. Al abrirlos todo permanecía igual. El calor abrazado a la noche, las estrellas atentas a sus palabras. De vez en cuando el sonido de una sirena irrumpía en el silencio, como un lobo aullando en la oscuridad, llorando la ausencia de la luna. Sabía que debía dormir si al día siguiente quería causar buena impresión, por lo que,de vez en cuando, se metía en la cama, y con las sábanas rozándole la nariz auscultaba las sombras, intentando ver en ellas qué le depararía el mañana. Pero pronto se levantaba y con sus pies descalzos volvía a encaminarse a la ventana para interrogar a las estrellas. Así la descubrió el alba con los cabellos enmarañados y el rostro asomado a la ciudad
Cuando sonó el despertador ya estaba en la ducha. Se peinó el pelo hacia atrás y se lo recogió con un sencillo pasador. Sabía que así le favorecía y pensó que el rostro despejado daría de ella una impresión abierta, franca. Se pusó un pantalón de vestir negro, de corte actual y con una fina, casi tenue, raya diplomática en color rojo, una blusa blanca cuyos cuellos le recordaban a las alas de un pájaro, y una chaqueta a juego con el pantalón. Prefirió no llevar pendientes y se pintó los labios de rojo para dar a su rostro una nota de color, y así omitir las ojeras que le habían legado la noche en vela. Cogió el bolso y con tiempo se encaminó hacia la estación del metro. Apenas había llegado al andén cuando apareció el coche, subió sin prisas y tuvo la suerte de encontrar un asiento vacío en el que se sentó. Estos detalles le parecieron buenas señales, así que con los mejores sentimientos sacó el libro del bolso y se puso a leer. De pronto se percató de que debería estar nerviosa, pero le parecía que sus nervios se habían diluido en la noche. Así que intentó centrarse en la novela. Por suerte el edificio de oficinas estaba cerca de la parada del metro, puesto que, nada más ascender a la superficie, comenzó a caer un impetuoso aguacero de verano. Lejos de atormentarse, se apresuró a refugiarse en esos paraguas arquitectónicos que forman los balcones de los edificios y respiró hondo, saboreando el olor a tierra mojada que le dejaba un agradable sabor áspero en la boca. Caminaba tarareando un viejo tango, porque los tangos son canciones que hablan de la vida y sus encrucijadas, y ella sabía que en breves momentos se hallaría ante una. Se deslizó en línea recta hasta llegar a un recodo, entonces giró a la izquierda y sus ojos se enfentaron al edificio de oficinas que irrumpía de repente, como dispuesto a atrancar la calle. “Parece que tiene los brazos en jarra”, pensó. Y en efecto era una presencia turbadora, intimidatoria. Gris, mastodóntico, con infinidad de pequeñas ventanas que le daban la apariencia de una colmena, o más bien de un hormiguero. “Ella sería otra de tantas hormigas”, sacudió la cabeza como para ahuyentar ese pensamiento…
Se dirigió al mostrador donde encontró a la misma encantadora joven que le había atendido el día que efectuó la entrevista. Nada más verla descolgó el teléfono para contactar con el departamento de recursos humanos. Tras una breve espera llegó Laura, a la que también había conocido en la anterior ocasión, así que se ahorraron las presentaciones y apresuradamente, cogiéndola del codo, se la llevó. Caminaron por un pasillo estrecho en el que, a ambos lados, se iban sucediendo una continuidad de puertas cerradas, en color blanco, cada una con un cartelito negro con su correspondiente nombre. A medida que los pasaban Laura iba recitándolos como quien recita la tabla del tres, pero omitiendo los nombres y limitándose al puesto que cada uno desempeñaba. “Para ella no son personas, son puestos y departamentos. Después se le llama recursos humanos…”, se dijo. Otro pensamiento molesto, agitó la mano como quien aleja una avispa…
Casi al final del pasillo la sorprendió encontrar una puerta donde, puntualmente estaba escrito su nombre, en otra plaquita negra. Laura le permitió que hiciera los honores y pronto se encontró en un despacho mediano, con una mesa gris, una silla gris y-cómo no- una hilera de archivadores grises. La única nota de color la ponía un pequeño ficus sobre la mesa.
Cuando se quedó sola, con la única compañía del pequeño ficus, contempló aquella oficina que se extendía a su alrededor y que no parecía tener paredes, pues estaban casi totalmente cubiertas por los archivadores grises. Aunque estaba muy iluminada, la luz era pesadamente artificial, pues la ventana no era muy grande y apenas se presentía el sol. Se dio cuenta de que hacía calor así que decidió abrir la ventana, pero a pesar de que tiró con fuerza no lo consiguió. Se imaginó que quizás estaría atascada por el uso, así que decidió buscar a alguien de mantenimiento para que le ayudara. Después de recorrer interminables pasillos-que parecían diseñados de tal forma que uno debería ir tirando miguitas de pan para encontrar el camino de vuelta- siguiendo las intrincadas explicaciones que gentilmente le dieron aquellos con quienes se tropezó en su camino, por fin pudo dar con Nacho, un hombre ya mayor, de aspecto enjuto y barba entrecana, vestido con un mono gris, quien era el responsable de las tareas de ese tipo. Sin muchas explicaciones le dijo que la acompañara y una vez allí le pidió que abriera la ventana.
-No puedo-respondió acompañando sus palabras con un gesto de negación
-¿Por qué?-preguntó un tanto estupefacta
-Está prohibido. Pero no se preocupe que pronto le activo el aire acondicionado. Esta gente se apresuró a ponerle el cartel en la puerta, pero se olvidaron de llamarme para que le activara el aire acondicionado, con el bochorno que hace….En fín, en unos minutos estará listo.
-¡Pero a mí me sienta mal el aire acondicionado! ¿No podrían hacer una excepción y permitir que abra la ventana?
-No señorita. No lo harán…
-No lo entiendo-dijo ella en tono infantil
-Tendrán miedo de que se les tire…….como los otros-y esta frase la terminó de adornar con una carcajada que a ella le pareció totalmente innecesaria.
-¿Qué otros?-preguntó en un tono que delataba el temor a escuchar la respuesta a esa pregunta, infectada de cierta curiosidad
-De eso no se habla señorita-y poniendo el dedo delante de la boca se limitó a emitir un largo shhhhhhhhhhhh que a ella se le antojó exageradamente teatral, a medida que un escalofrío le recorría con los dientes la espalda. Una vez hecho esto, como a la par que hablaba había realizado su trabajo, Nacho recogió sus herramientas y se marchó.
A la hora del almuerzo Laura vino puntualmente a buscarla y ella supuso que aquello formaría parte de su cometido de iniciación. Cuando estaban en la mesa, alimentándose de sendas ensaladas-que en el caso de Laura era única y exclusivamente lechuga-la abordó acerca de los motivos del comentario de Nacho. Por toda respuesta recibió una carcajada y el siguiente comentario que en cierto modo le resultó ofensivo: “¡Qué tierna eres! No le hagas caso a Nacho, le encanta meterse con los nuevos, sobre todo si se trata de mujeres jóvenes”. Así que decidió no volver a sacar el tema.
A los pocos días se percató de que aunque las relaciones entre los compañeros eran cordiales, parecía que entre todos existía un límite plausible, como una barrera gris interponíendose. La enrevesada arquitectura de los pasillos le parecía una metáfora de la dificultad inherente para establecer lazos, pues se le antojaba más fácil que se rompieran por los pasillos antes de que esto llegara a suceder. Una mañana, cuando entraba en el ascensor, escuchó como uno de sus compañeros dejaba caer maliciosamente en el oído del otro la frase “ahí viene la nota de color”. En ese momento se percató de que igual que las mesas, las sillas, los archivadores,… todos sus compañeros vestían de gris, como si no aspiraran a ser más que parte del mobiliario. Ahora de repente le resultaba estúpida la satisfacción que había experimentado aquella mañana al contemplar su imagen en el espejo, una vez se puso el sofisticado vestido camisero beige, con originales estampados violetas, y que tan bien se le ajustaba al cuerpo. Y aunque se propuso no dejarse influenciar por esa clase de comentarios, a las pocas semanas su armario se había visto invadido por un ejército de prendas de vestir grises y austeras, que fueron relegando hacia la retagurdia a las prendas de color. A sus padres este cambio paulatino en su vestuario comenzó a alarmarles.El color gris parecía eclipsar la luz y el brillo de su rostro, que con el tiempo pareció volverse sombrío y mate. Claro que cuando una vez transcurrido un año, ella les notificó que la habían ascendido, dejaron a un lado sus malos presentimientos y la felicitaron. Por lo demás todo seguía igual, su oficina era la misma, puesto que, según había llegado a averiguar, todos los despachos eran exactamente iguales, incluído el del director general. “Política de la empresa que no quiere hacer distinciones, para que absolutamente todos en la plantilla se sientan igual de importantes”, le dijeron. Tan solo había una diferencia: ahora el ficus que descansaba sobre su mesa era más grande. “Regalo del director general”-le dijeron.
Se sucedieron los años y los ficus fueron aumentando en tamaño. Se podría decir que se había convertido en una mujer con éxito. Ahora tenía un precioso ático en el centro de la ciudad, con unas apabullantes vistas a las que, durante los primeros meses, les arrojaba su cansancio al llegar a casa. Últimamente llegaba tan cansada que se iba directamente a la cama, y había perdido por completo aquella costumbre que anteriormente tenía de interrogar a las estrellas. Pero ya no era necesario, pues sentía que ahora ella tenía las respuestas a todas las preguntas.
Con los ficus también se fueron sucediendo relaciones de relativa importancia. Un buen día decidió que el amor era una pérdida de tiempo y comenzó a frecuentar lugares en los que solventar sus necesidades en lo que a sexo se refiere, de manera rápida y aséptica, con gente que acudía a aquellos lugares motivada por su misma razón. Tampoco frecuentaba a los colegas del trabajo, puesto que le hastiaba ver como sus ojos le lanzaban miradas cargadas de reproche por su éxito, y un buen día decidió que no tenía necesidad de malgastar su tiempo en defenderse. De vez en cuando se tropezaba por los pasillos con Nacho, el de mantenimiento, cargando con sus herramientas. Daba la impresión de no percatarse de su presencia, sin embargo, mientras se alejaba no dejaba de sentir su mirada clavada como una daga en su espalda. Y no dejaba de preguntarse qué era lo que sus ojos le reprochaban. En una ocasión le sorprendió escuchar: “Tú eras una soñadora. No has nacido para esto”. No quiso darle importancia, pero tampoco pudo evitar que estas palabras sembraran en su ánimo cierta inquietud…
Ya nunca se miraba al espejo, al menos no para verse, sino simplemente para corroborar la sobriedad de su aspecto. Si se hubiese mirado, habría visto a una mujer todavía joven, con la tez cetrina debido a la luz artificial, las huellas de la preocupación marcadas en la frente, y unos ojos de vidrio, opacos, incapaces de reflejar la vida.
Cada vez permanecía más tiempo en la oficina y eran muchas las ocasiones en las que el día la sorprendía durmiendo, recostada sobre la mesa. A tal efecto había optado por llevar un maleta con una muda y efectos de aseo, para no tener que correr a casa si quería ofrecer un aspecto presentable.

Aquella noche se despertó sobresaltada, presintiendo movimiento en la oficina. Era ridículo, allí los únicos seres vivos que había eran ella y un ficus de hermoso tamaño, tanto que había tenido que quitarlo de la mesa y colocarlo en el suelo en un lugar donde tuviera ocasión de contemplarlo, pues seguramente era uno de los ejemplares más grandes del edificio, lo cual la enorgullecía. Se quedó mirándolo y le sorprendió pensar en lo humano que parecía. Por un momento se le ocurrió que no era ella quien lo miraba, sino que sentía la mirada ávida del ficus posada en su rostro. Se dijo que aquello eran tonterías, seguramente la falta de descanso confundía sus sentidos. Pero de pronto le pareció que comenzaba a crecer ante sus ojos, algunas de las ramas se estiraron como tratando de alcanzar las paredes y las otras se inclinaban queriendo tocar el suelo y a su contacto parecían expandirse y reptar igual que serpientes, asomando la bífida lengua por entre dos afilados dientes. Cerró los ojos un momento y al abrirlos comprobó que el ficus continuaba quieto en su esquina, sin la mínima intención de molestarla. Respiró tranquila diciéndose que necesitaba recuperar horas de sueño. Así que se tomó un somnífero con un poco de agua, apoyó la cabeza en la mesa y se dispuso a continuar durmiendo, pues ya era demasiado tarde para regresar a casa. A los pocos minutos una presión en el pecho la despertó, e inquieta descubrió como la oficina estaba cubierta por una espesa maleza, que no era otra cosa que las hojas del ficus-que desde su esquina parecía mirarla malignamente-invadiéndolo todo. Asustada vio como las ramas subían por sus piernas, se enlazaban a sus brazos y comprobó como una rama más grande era la causante de la presión en su pecho. Le clavó las uñas tratando de que la soltara, pero la apretó con más fuerza y pronto se supo atada de pies y manos. Le costaba respirar y sintió como la oficina comenzaba a desdibujarse. Se encontraba muy mareada, con los pulmones a punto de estallar, como si se estuviera ahogando en un mar vegetal. Trató de nadar para subir a la superficie, pero era incapaz de mover los brazos y momentos después vió como una oscuridad verde comenzaba a cernirse sobre ella….
A la mañana siguiente, cuando su secretaria entró en la oficina para tomar nota del orden del día, se la encontró en el suelo, desmadejada y con la manos crispadas. Su rostro estaba vuelto hacia el ficus con los ojos abiertos e implorantes. El ficus, como era habitual, se mostraba imperturbable.
Días más tarde el director general, los reunió a todos y recitó un largo panegírico en el que ensalzaba de las cualidades de la muerta y lo mucho que se iba a notar su falta… “pero, naturalmente, la vida sigue….” De este modo terminó su discurso y todos se dispusieron, impacientes, a reocupar sus puestos, mientras se comentaban unos a otros que la autopsia había determianado que la causa de la muerte había sido una embolia pulmonar.
-¿Embolia pulmonar?-interrogó al aire Nacho-Esto presenta todos los síntomas de una muerte por ficus.-Y cogiendo su caja de herramientas se retiró mascullando “ si ya lo decía yo…muerte por ficus, muerte por ficus,…”

6 comentarios:

Curiyú dijo...

Yo creo que cualquiera moriría por ficus, si pasa la mayor parte del día en una oficina en la cual, lo único que vive es un ficus.
El ficus no tiene piedad. Pero, por otra parte, quizá no mueras, pero termines convertido en un ficus más, por empatía.
Un abrazo.

vera eikon dijo...

Sí supongo que algo así es lo que le pasa a la protagonista. Aunque aquí más bien el ficus representa el éxito (éxito a costa de la propia existencia), pues Marcela me comentó ayer que en las oficinas del Parlamento Europeo a medida que vas ascendiendo te regalan un ficus cada vez más grande, de ahí salió mi historia...
Besos

trapecista dijo...

Interesante el tema del ficus; sabía que la CE estaba muy implicada en las cuestiones medioambientales... pero de ahí a simbolizar el éxito profesional con el tamaño de una planta. Aunque bien pensado quizá sea lo que se pretende: influir o fomentar una ambición verde en la conducta de sus miembros... en cualquier caso; una idea manifiestamente inútil por la que algún ideólogo de los rrhh y psicología del trabajo estará profundamente orgulloso.
Me gusta mucho más tu versión de ficus asesino y me ha encantado el relato.

vera eikon dijo...

Gracias trapecista. Me daba un poco de miedo porque es bastante diferente a lo que suelo escribir, pero últimamente me obligo a tirarle de los hilos a las ideas y comprobar a donde me llevan...
Besos

Carmela dijo...

Vera se a qué comentario te referías en casa de Marcela y según iba leyendo lo iba visualizando, todo, la llegada, la ilusión primera, la adaptación, la transformación y la pérdida completa de su vida. Me ha encantado como lo has relatado.
Un beso grande

vera eikon dijo...

La verdad es que al acabar de escribirlo me di cuenta de que la historia podía ser muy cinematográfica. Me imaginé el edificio de hormigón, con todos aquellos muebles grises, los nombres clavados en las puertas tras las que se escondían más seres grises, alienados, todos vestidos de modo similar. Y como colofón la planta que se va apoderando del alma de la protagonista y a medida que la planta crece la chica se va consumiendo y se hace más evidente su deterioro. Hasta que al final termina por matarla y en el cadaver, al realizar la autopsia se encuentran unas hojas de ficus atravesadas en la traquea....Tal y como lo planteo me temo que debería reescribirlo...
La mayoría de mis ideas siempre tienen su origen en los otros...
Besos Carmela