Eres igual a ti, y desigual, lo mismo que los azules del cielo.

Juan Ramón Jiménez


jueves, 28 de abril de 2011

LA CAZA

Imagen Daria Endresen



Desde el momento en el que conseguí localizarlo, me consagré por completo a la tarea de espiarlo desde las esquinas. A los pocos meses me conducía por las aristas de los tejados, los anónimos quicios de las puertas, y el rostro colectivo de la multitud, con la sutileza del camaleón. Como si desde siempre la ciudad hubiera constituido el único escenario de mi vida. En ocasiones él se volvía, y yo confundía mi fisonomía con la de las paredes, por lo que no me sorprendió mucho cuando, con el tiempo, me percaté de que era capaz de tornar mi carne de barro en cemento…..
No creí que me fuera tan fácil adaptarme a esta vida, pues subestimaba las posibilidades que tenía, un ser errante como yo-quien incluso tenía que meterse plomos en los bolsillos para no salir volando-, de tornar su actitud por la de una sombra condenada a la gravedad de un cuerpo; por el ostracismo de la brisa pegada a las alas de un pájaro; por la oscuridad de la imagen que se esconde en el envés rosado del párpado. Mientras gozaba de esta situación cercana a los límites de la invisibilidad, mi mente era constantemente invadida por alguna de los millares de fábulas que, tiempo atrás, el Anciano nos contaba durante la noche, con las lenguas rojas de la hoguera lamiendo su rostro, y el crepitar del fuego desfigurando su voz. Según decía, aquello que alguna vez el mundo conoció con el nombre de “amor”, había sido arrancado de su faz, del mismo modo que a un jardín se le arrancan las malas hierbas. Del mismo modo en el que finalmente había sido aniquilada nuestra tribu…. En aquellos tiempos se pensaba que nuestra supervivencia dependía directamente de la transmisión de nuestras leyendas. “Mientras haya alguien que necesite escucharnos, nuestro corazón seguirá latiendo”, decía en respuesta a mis preguntas acerca de nuestro origen, mientras apoyaba el peso de su cuerpo marchito sobre mis hombros, fingiendo que por un instante no precisaba de su inseparable cayado. “Aquellos que ostentaban el poder, concluyeron que el “amor” frenaba el progreso. Lo tildaban de superstición, de herejía inventada por los libros. Comenzaron a perseguir a los poetas”….
-“¿Nosotros somos poetas, Anciano?”-le pregunté una de aquellas noches.
-“Ya no quedan poetas. Acabaron por languidecer, hasta su extinción….- dijo con voz desmadejada y triste-Nosotros somos meros contadores de historias”
-“¿Entonces por qué nos escondemos?-preguntó Ruk, con su oscuro rostro clavado en el anciano”
-“Porque continuamos poniéndole voz a aquellos que ya no la tienen….Nuestro corazón nunca calla….”
En aquellos momentos nos llevábamos la mano al pecho y de él extraíamos un pequeño latido, que juguetón se deslizaba por el tobogán de nuestros dedos, y tomando el impulso de sus diminutas piernas, se elevaba hacia el cielo, hasta que en el último momento lo veíamos brillar, atravesando el claro de luna.
Ante semejante espectáculo, al unísono, todos suspirábamos.
-“Hubo en tiempo en el que nuestra función la realizaban los libros…Un día, siguiendo las órdenes de aquellos que ostentaban el poder, todos los pueblos del mundo quemaron los suyos. Las bibliotecas se mostraron frágiles e impotentes en su desnudez. Sólo los de nuestra estirpe salieron en su defensa. Por supuesto, fueron masacrados. Todo terminó a las pocas semanas, pero las cenizas acamparon durante meses en los bordes de las aceras. Hasta que una última ráfaga de viento-cuando todavía el sol no había secado la última de nuestras lágrimas- acabó por llevárselas lejos, muy lejos…, a un lugar de donde ni siquiera regresan los recuerdos…”
Había más como él, encargados de adiestrar a los muchachos de otras tribus. Por supuesto los elegidos eran siempre niños perdidos, sin familia, a los que nunca se le hubiese llevado a cabo la “sustracción”. Aunque durante nuestros tiempos de novicios desconocíamos el significado de tal palabra, cada vez que la escuchábamos no podíamos evitar cerrar los ojos con un estremecimiento, y pronunciar para nuestro coleto la palabra amuleto. La palabra amuleto era personal e intransferible, y para que causara efecto nunca podía decirse en alto. La mía era “arpegio” y tenía un inmediato efecto balsámico. En cuanto la pronunciaba, aun ausente el sonido, el latido de mi corazón se acompasaba.
De todo esto nos enteramos porque Ruk lo había escuchado a hurtadillas, mientras El Anciano conversaba con un colega de una tribu vecina. Creo que antes me referí al rostro de Ruk con el calificativo de “oscuro”. Pero esa cualidad no se limitaba al color de su piel. Cuando durante el día, me dedicaba a deambular por el bosque, percibía la presencia de Ruk, aun antes de que este se encontrara a mí lado. En los instantes previos, sentía como el canto de los pájaros enmudecía, y el viento en los árboles parecía agitarse nervioso. El sol en ese preciso momento era atravesado por alguna nube que amortiguaba la luz dorada de sus rayos, y todo parecía invadido por la sombra alargada de Ruk- a mí siempre me sorprendía que un muchacho tan menudo fuera capaz de proyectar su sombra a tanta distancia-, que se extendía hacia el horizonte. Entonces él me miraba con el negro flequillo serpenteándole en los ojos, y yo pronunciaba para mis adentros la palabra amuleto. Sospechaba que de haberse enterado de esa circunstancia, no se hubiera molestado, sino que, más bien, mi reacción le hubiese parecido motivo de orgullo. Alguna vez le hablé al Anciano de esta sensación en lo relativo a Ruk. Entonces el movía la cabeza pensativo y me comentaba que habíamos permanecido demasiadas noches alrededor de la hoguera, y las sombras que dibuja el fuego se habrían alojado dentro de mi pecho, oscureciendo el cielo de mi imaginación. Lo que yo ignoraba es que, en secreto, él nos estaba preparando para que uno de los dos tomara su testigo, e interpretó aquellos comentarios que yo inocentemente le hacía, como producto de una supuesta rivalidad, que en realidad no existía.

Una noche mientras, según era costumbre, dormíamos sobre las ramas de los árboles, nos sorprendió un ataque del enemigo. Nosotros nunca habíamos sido guerreros, pero nuestros sentidos, contrariamente al resto de los hombres, no se hallaban embotados por la vida confortable en un hogar cálido, por lo que confiábamos la vigilancia nocturna a la sutileza de nuestro oído, aun durante las horas de sueño. Se podría decir que generación tras generación habíamos desandado el camino de la civilización, regresando a un estado primitivo-muy animal- en lo que a nuestras capacidades físicas se refiere. Así como los gatos, éramos capaces de distinguir los cuerpos en la oscuridad-pues al reino de las sombras nos habíamos habituado- , moviéndonos en ella con elegancia felina. Además éramos capaces de conducirnos durante largas distancias siguiendo únicamente el dictado de los astros que dominan el cielo. Carecíamos de apego a la tierra, y nada poseíamos, excepto el legado oral del que cada uno de nosotros era depositario. Nuestro hogar era siempre transitorio y se constituía allí donde encendíamos nuestro fuego, cosa que hacíamos no por frio o miedo, sino impelidos por algún sentimiento de índole más bien romántica. La mayor parte del tiempo nos la pasábamos brincando de árbol en árbol, e incluso podían transcurrir semanas sin que nuestros pies hubiesen rozado el suelo. Sólo descendíamos cuando debíamos desarrollar nuestra actividad de “contadores de historias”. Teníamos gran número de seguidores, localizados sobre todo en los arrabales de las ciudades. Supongo que en aquella penosa vida que arrastraban, tenían la necesidad de creer en la posibilidad de un mundo mejor, pero no después de esta vida-pues aquello es lo que les ofrecían los que ostentaban el poder, con la evidente intención de que esas gentes se resignaran a la existencia gris que llevaban-, sino en algún momento futuro de ésta. Era significativo, para hacerse una idea del lugar que ocupaban en la sociedad, el hecho de que a la mayoría de ellos no se les había realizado la sustracción, y quizás por esta misma razón eran capaces de empatizar con nosotros, tarea que nos resultaba especialmente ardua en nuestras raras incursiones por la ciudad, y las gentes que en ellas habitaban. Como siempre que nos encontrábamos enfrascados en nuestra tarea de contar historias se formaba un corro a nuestro alrededor, alguna llamada de algún espía civil, ponía sobre nuestra pista a los agentes de la ley-pues estaba terminantemente prohibido que se constituyeran grupos o corrillos, aun en los aledaños de las ciudades-, por lo que finalmente nos veíamos obligados a huir, poniendo tal destreza en ello que algunos en vez de correr nos deslizábamos a cierta distancia del suelo. Tal capacidad provocó que entre aquellas gentes poco instruidas, pronto se nos conociera con el estrambótico nombre de “los hombres con alas en los pies”, y paradójicamente esta cualidad hubo de conseguirnos más adeptos, que nuestra propia habilidad en el arte de contar historias.
A cuentagotas llegaban a nuestra provisional morada individuos que huyendo de aquella miserable vida, querían unirse a nosotros. Casi siempre chiquillos que decidían escapar antes de que se les realizase la sustracción, porque como la mayoría nacían fuera de los hospitales, no se la habían efectuado en el momento de su llegada a este mundo, así que cuanto mayores eran, más reacios se sentían a sufrirla.
Así había sido como hacía algunos años, siendo todavía muy niño, había llegado Ruk, el oscuro, junto a nosotros.
Siento que la congoja me invade al recodar los acontecimientos de aquella noche en la que-según os decía-fuimos sorprendidos por el enemigo. Tengo que traer en mi socorro a mi palabra amuleto-“arpegio, arpegio, arpegio…”-para serenar los latidos de mi corazón. Si continúa desbocado él acabará por descubrir mi presencia.
Como contaba anteriormente, nuestra confianza en la propia destreza y en nuestra movilidad-no había dos noches seguidas en las que pernoctáramos en un mismo lugar-, hicieron que bajáramos la guardia. Seguramente, siguiendo el curso natural de las cosas, habría llegado un tiempo en el que nos hubiésemos visto emboscados por nuestros perseguidores, pero aquel momento estaría aun muy lejano si nuestro relajamiento no hubiese sido acompañado de la vergonzosa circunstancia de una traición. Cuando escuché el clamor de los atacantes, me volví hacia el árbol contiguo en busca de Ruk. Me sentí muy preocupado cuando no pude descubrir su presencia, aunque inmediatamente me dirigí al gran roble, epicentro del bosque, donde rodeado por todos nosotros, descansaba el Anciano. En la oscuridad pude ver que, de repente, su rostro se había tornado más viejo y ajado de lo que era habitual. Yo no sabía qué edad tenía, pero debía haber nacido en un tiempo muy lejano, cercano a aquella era en la que el amor había sido extirpado del mundo, y se habían extinguido los poetas. Con tristeza, sus ojos, que parecían hundidos como si contuvieran las imágenes de todos los siglos transcurridos, me miraron mientras decía “ya todo está perdido para mí Yacek. Sólo tú puedes salvarte”
-“Pero Anciano-le dije, y por primera vez en tanto tiempo de convivencia mi voz se elevó, como si súbitamente le hubiese perdido el respeto-, no podemos rendirnos sin luchar”
-“Yacek, querido, has de entender que si han sido capaces de sorprendernos ha sido porque cuentan un aliado del todo inesperado. Pero por encima de todo has de entender, que nuestra vida sólo es importante en el grado que lo es para nuestra misión, y este cuerpo anciano ahora ya sólo puede ser un lastre”
-“¿De qué aliado me hablas?-pregunté sin querer entender sus últimas palabras
-“Escucha pequeño e impulsivo Yacek ¿cuántos corazones escuchas a tu alrededor?
Cerré los ojos para dejar a un lado mi miedo y concentrarme en el sonido de los latidos. Conté. Uno, dos, tres, cuatro………Pronto me percaté de que faltaba uno. El Anciano percibió en mi rostro esa circunstancia
-“¿Cuál falta Yacek?-dijo-Descríbeme ese latido tan familiar que esta noche escapa a nuestros oídos
Todavía incrédulo respondí “echo en falta un latido desbocado, salvaje,…. como el rugido de una montaña, como el sonido que emiten las entrañas de la tierra al respirar, como el bramido que tiene su origen en la cópula del rio y el mar. El ruido del impetuoso y oscuro corazón de Ruk”
-“Y ahora que lo has adivinado, mira hacia abajo”-me dijo señalando con el dedo un pequeño claro que se distinguía en lo garganta frondosa del bosque. En él podía verse como un grupo de hombres corrían en formación marcial, liderados por uno de estatura más baja, rápido, de movimientos felinos, quien daba la impresión de realizar la labor de rastreador. Enseguida, pese a mi estupefacción, reconocí en él a Ruk. Pero por mucho que agucé el oído, por mucho que diluyera en el silencio el ritmo vertiginoso de mi respiración, no pude distinguir su latido.- “En efecto-dijo el anciano-. A Ruk le han realizado la sustracción”. Y por fin en mi mente se hizo la luz acerca del sentido de aquella escalofriante palabra. Instintivamente me llevé la mano al pecho para corroborar que mi corazón seguía latiendo en él. Dolía…”Arpegio, arpegio, arpegio…”Esta vez la palabra talismán, la palabra ungüento, parecía no surtir efecto. Seguía doliendo…
-“Pero ¿por qué?-le dije-¿quién entre nosotros podría desear que le arrancaran…?-No pude continuar. El anciano me cogió de los hombros y me dijo “Siento no haberte escuchado cuando me comentabas tus presentimientos acerca de Ruk. En él, entre todos vosotros, yo supe ver el “don”, pero me negué a ver la cruz que muchas veces lo acompaña. Ahora entiendo que desde los primeros tiempos Ruk no fue más que un infiltrado…..Pero no hay tiempo que perder. Tienes que huir y continuar nuestra labor. Pero si hasta ahora nuestros esfuerzos subrepticios y periféricos han fracasado, habrá que ser más osado y realizarlo en el epicentro, y la columna vertebral del sistema. En la capital misma. Para ello tendrás que pasar desapercibido. Deberás aprender a silenciar la voz de tu corazón, hasta que los demás la confundan con el murmullo de la brisa. No será fácil, pero ellos tienen el oído adormilado por culpa de la contaminación sonora que sufren en sus ciudades. Toma esto-me dijo, depositando unos plomos en la palma de mi mano-, te ayudarán a caminar a ras de suelo, ya sé que tienes tendencia a colgarte de las nubes, y la que es tu mayor cualidad, en determinadas situaciones, se puede convertir en tu mayor pecado. Además el material de estos plomos posee la rara cualidad de amortiguar el sonido de tu corazón cuando estés cerca de uno de esos medidores de frecuencia que a tantos de nosotros han desenmascarado. Pero vete ya, amado Yacek, asciende a la copa de los árboles, para que mientras se entretienen con el resto de nosotros no puedan seguir tu rastro”- diciendo esto depositó un último beso sobre mis cabellos y sin más se desembarazó de mi abrazo, comenzando a descender con una agilidad poca veces vista en un anciano. Yo permanecí por un instante con los puños apretados, y una lágrima ardiente asomándose a mis ojos. Pero pronto mi instinto de supervivencia-que en un grado más elevado que el resto de los humanos, compartimos todos los de nuestra tribu-se apoderó de mí. Y comencé a desplazarme empleando las ramas de los árboles. Sólo cuando sentí que me encontraba lo bastante lejos, volví mi rostro a aquellos que había dejado, y que hasta hacía un instante habían sido mis hermanos, y mi única familia. A pesar de la distancia, pude ver como la mayoría permanecían retenidos, dentro de un círculo formado por los hombres armados. En el exterior de este, pude ver dos figuras. Una de ellas la identifiqué con el Anciano, la otra era Ruk que sostenía algo que brilló contra el cielo, como un puñal, dispuesto a alojarse en el pecho de aquel a quien yo tanto quería. En unos segundos todo hubo concluido. A mi venerado maestro le habían realizado la sustracción. Triste haber vivido tantos años como prófugo para llegar a contemplar como de tu corazón ya viejo y arrugado, se desprende el último latido sobre la palma de la mano de aquel que había sido tu discípulo. Mi boca se desgarró en un alarido y pude ver como el rostro de Ruk se volvía hacia mí. Sentí como nuestros ojos se enfrentaban en la oscuridad y la distancia. En aquel momento juré-no podía decir a quién, pues somos una tribu que no consta de dioses, tan sólo mártires-vengarme.
Y ahora camino cabizbajo, con los plomos que me sujetan al suelo en los bolsillos, imitando los andares robóticos de esta gente que me rodea, cuya sangre es bombeada por el sofisticado mecanismo de un reloj de pulsera, que todos llevan en su muñeca izquierda. Sin él no sobrevivirían mucho tiempo. Es lógico que para que sus vidas sean socialmente efectivas sea un reloj el objeto del que dependan cada uno de sus movimientos…
Soy consciente de que esta tierra que piso es mi castigo….No he seguido los dictados de mi maestro y ante mis propios ojos eso me convierte en un ser más ruin que el propio Ruk, del que me he transformado en sombra….
Quiso el destino que durante las primeras semanas de mi destierro en la ciudad, cuando yo me dirigía contrito aunque esperanzado a continuar con la labor encomendada a los de nuestra tribu, nuestros caminos se cruzaran. Aunque en el primer momento sospeché que me había visto, su comportamiento acabó por convencerme de que no había sido así. De todos modos durante los primeros días lo seguí, temiendo que en cualquier momento se volviera y se arrojara sobre mí. Soñaba que una vez por todas nos enfrentábamos en singular combate, mano a mano, como dos bestias. Sin embargo seguí tomando todas las precauciones, sabiendo que mientras esto fuera así, más tiempo estaría condenado a aquel limbo en el que se había convertido mi vida. Pasaron los años. Yo ya no era contador de historias, aunque cada día retazos de aquellas que alguna vez había escuchado, se confundían en mi mente. Entonces pasaba de perseguidor a perseguido. Yo era alguien que no podía relacionar el nudo con su desenlace correspondiente.
Por fin un día Ruk se volvió. Ante la mirada de sus ojos negros, desgajé mi cuerpo de la pared en la cual me ocultaba. Su rostro me pareció demacrado, como preso de las garras de alguna enfermedad, como si esta no fuera otra cosa más que un ave carroñera.
-“Nunca cambiarás Yacek, tu corazón es una chillona, y suena como un gato en celo-dijo despectivamente-…Tanto que nunca has escuchado al otro. ¿Sabes? Yo te pedí ayuda, pero tú no me oíste.”
Aquellas eran las últimas palabras que esperaba escuchar. Le miré sorprendido y otra vez, como cuando éramos niños, tuve miedo. “Arpegio, arpegio, arpegio….”
-“Ya estás otra vez con tu palabra talismán, como siempre que te enfrentabas a mí, y yo lo único que quería es que dejaras de tenerme miedo. ¿Por qué no acudiste en mi ayuda?. Yo sólo quería que me amaras como amabas al anciano y a los otros chicos….Pero no, tú no podías, eras demasiado etéreo, demasiado liviano…. Y yo era oscuro y complejo y mi corazón batía con el sonido de una tormenta. Así que finalmente decidí continuar con el plan original-sí, supongo que ya lo habrás adivinado, fui enviado a vosotros por aquellos que ostentan el poder, con la misión de infiltrarme y terminar de aniquilaros-. Si no podíais aceptarme como uno de vosotros, me pareció que más valía que me arrancaran el corazón”
“Arpegio, arpegio, arpegio…”
-“Pero ven, acércate….ahora que estás aquí te brindo la oportunidad de que acabes conmigo…..¿No has venido para eso, acaso?. De todos modos, a lo sumo, me quedan unos minutos de vida-dijo misteriosamente y con voz cansada.-Pero antes, tienes que hacer algo por mí”
Aquello que siempre me había resultado oscuro y siniestro en Ruk, de pronto se apoderó de mí. Era como si su voluntad se me apareciese como propia, por eso cuando tomó mi mano y la acercó a su pecho no supe reaccionar. Al instante mis dedos se estuvieron deslizando a través del agujero que tenía en aquel lugar en el que años atrás latía su corazón. Un corazón cuyo latido era como un barrunto.
-“Así que este es el tacto de la nada”-le dije, y traté de taponar con mis palabras aquel agujero que tenía en el pecho.
-“¿Sabes?-dijo- en una cosa se equivocaba el maestro. Tú sí que eres un poeta. Puede que el último. Siempre lo he sabido”
-“¿Te duele?-de pronto ya no lo odiaba, no sé si porque intuía la proximidad de su muerte, pero sentía que tal como él lo había hecho, yo siempre lo había amado- Si vienes conmigo, tal vez podría conseguir que mis palabras suplantasen al latido de tu corazón”
Sonrió tristemente
-“Eso ya no es posible. Estoy demasiado enfermo y agotado, y a pesar de que ya no tengo corazón, cada día sufro por lo que hice…. ¿Sabes? Fui consciente de que me seguías desde el día que comenzaste a hacerlo”
-“Pero ¿por qué consentiste?”-pregunté
-“La verdad es que a punto estuve de abalanzarme sobre ti y asesinarte allí mismo, porque denunciarte habría resultado demasiado fácil…..pero de pronto mi primer impulso se vio frenado…¿quieres saber qué lo frenó?- y sin darme a tiempo a encajar una respuesta, cogió mi mano que todavía reposaba en el agujero de su pecho y la deslizó del suyo al mío-Esto….¿lo sientes? Claro, cómo no lo ibas a sentir, pero lo que no sabes es qué se siente cuando se tiene un agujero en el pecho. Pero yo sí, y te lo voy a decir…Nada en este mundo tiene el poder de destrucción que tiene el vacío. Ni el amor, ni el odio, esos dos sentimientos que se consideran supremos. Este agujero-dijo señalándose el pecho-aunque no parezca muy grande acaba por devorarte por dentro. Así que cuando estuve a punto de darte muerte, de pronto el sonido de tu corazón pareció encajar en mi agujero, y poco a poco sentí como si hubiera enraizado en él. Así que he decidido que los últimos instantes de mi vida sean medidos por el sonido de un corazón de verdad, aunque sea el tuyo-y metiendo la mano en uno de los bolsillos de su pantalón sustrajo su reloj de pulsera, mostrándomelo-y no éste-con rabia, antes de que yo pudiera evitarlo lo arrojó con fuerza contra el suelo
-“Noooo”-grité sin poder impedirlo. Sólo tuve tiempo para recoger el cuerpo de Ruk que en ese preciso momento se derrumbaba en el suelo. Todavía respiraba cuando con él entre mis brazos me senté en la acera. Apoyé su cabeza contra mi pecho, para que escuchara los latidos de mi corazón
-“Oh, sin duda la más dulce de todas las melodías”- dijo en un tono tierno en el que yo nunca habría reconocido su voz, y sin más expiró.
Después de acomodar su cuerpo lo mejor que pude, saqué de mis bolsillos los plomos que me mantenían pegado al suelo, y ascendí a los tejados. No sé si alguien me vio, pero al instante comencé a correr tan rápido que habrían pensado que se trataba de un espectro. Quizás no anden muy equivocados….Un espectro al que los hombres ya no pueden ver, pero que, cuando se sienten hastiados-cosa que les ocurre con frecuencia-,les susurra una historia al oído. A veces sucede que alguno de ellos coge pluma y papel, y comienza a escribir…

14 comentarios:

Maia dijo...

Vera, no tuve tiempo para terminar de leer ahora y en breve parto pero no quiero irme sin decirte que escribís como se sueña =)
Tus cuentos son de una estética impresionante.
Te dejo un beso (luego te cuento cuál es mi palabra amuleto ;)

trapecista dijo...

pues menos mal que algunos lo hacen
impresionante, me ha encantado, en la forma y sobre todo en el fondo

vera eikon dijo...

Gracias Maia. Pienso que la ventaja que tiene el cuento con respecto a la novela, es que el cuento es dúctil y maleable y te permite toda las licencias, hasta la más auténtica locura.
Besos y pásalo bien Maia viajera...
Trapecista, en un principio la primera frase de este cuento era "La primera vez que lo vi me pareció un muchacho tan hermoso que comencé a perseguirlo por las esquiñas". Así que me puse manos a la obra pensando que esto iba a ser simplemente una historia de amor. Pero al segundo párrafo todo dio un vuelco, y me apeteció dejar que las palabras deviniesen por el cauce que ellas mismas dispusieran.Te digo que me resultó muy estimulante escribir este cuento. Me alegra que te haya gustado
Un abrazo

Curiyú dijo...

Es increíble pero lo dijiste de una forma tan delicada que conmueve. Los tatidos de otro corazón que nos recuerdan el nuestro propio y que son, al fin, nuestra más preciada melodía.
El cuento está lleno de poesía o de hombres con alas en los pies.

El hombre de Alabama dijo...

Desalentador.

vera eikon dijo...

Curiyú, esas son las cosas que nos hacen humanos, aunque a veces resulta difícil y nos parecería la mejor opción arrancarnos el corazón del pecho.....La verdad es que este par de días que llevo escribiendo este cuento he sentido como si me sumergiera en un mundo fantástico aunque como bien dice "El Hombre de Alabama" un tanto desalentador.
Bicos
Hombre de Alabama, últimamente en blogs como el tuyo o el de Trapecista he leído tantos poemas y relatos apocalípticos que finalmente me ha tocado escribir el mío. Supongo que mucho tiene que ver esta época que nos está tocando vivir. Personalmente encuentro muy estimulante este tipo de tramas, siempre que se desarrollen en la ficción
Un abrazo

Rayuela dijo...

mujer de alas en los pies...sos maravillosa.

o sos, acaso, quien comenzó a escribir?

mil besos, es un placer leerte*

vera eikon dijo...

Creo que podríamos serlo cada uno de los que nos encontramos por aquí....Ayer había puesto el punto final de la historia con la frase "Quizás no anden muy equivocados….", pero esta mañana, al releerlo decidí incluir un pequeño guiño, a todos aquellos que de vez en cuando "escuchamos voces" y no podemos evitar llevarlas al papel.
Un beso grande Rayuela(de esos que caen en la casilla del cielo..)

Carmela dijo...

“Mientras haya alguien que necesite escucharnos, nuestro corazón seguirá latiendo”, es una frase tremenda como todo lo que has escrito Vera.
Entre varias veces y tuve que irme, por aquello del poco tiempo y la extensión del texto, pero cuando he tenido tiempo he vuelto y una vez que empiezo me arrastra y no puedo dejar de leerte.
Un beso

vera eikon dijo...

Pues en este cuento sucedió que llegué a fantasear con la idea de extenderme e ir recreando, paso a paso, ese mundo que de repente tomó cuerpo en mi cabeza. Esta mañana me surgió la locura de pensar que nuestra fantasía es capaz de desbordar el corsé del tiempo y en esos minutos en que nos colgamos del cielo somos capaces de vivir semanas, meses, e incluso años...como si nos dotara de una nueva dimensión donde los relojes son blandos como en los cuadros de Dalí...
Besos sin corsé

Mixha Zizek dijo...

increíble historia, un relato que me dejó pegada en cada línea, volveré, besos...para seguirte pongo en blogroll

vera eikon dijo...

Gracias por la visita Mixha. Me alegra que te vayas con una buena sensación.
Bicos

Rocío dijo...

Ay, yo quiero escribir cuentos así de bonitos!!
Es precioso, Vera.
Un besote

vera eikon dijo...

Gracias Rocío. La verdad es que me hincho como un gato al oirte decir eso...
Bico grande