Eres igual a ti, y desigual, lo mismo que los azules del cielo.

Juan Ramón Jiménez


jueves, 4 de agosto de 2011

SABOR A LIMÓN

Hylas y las ninfas de Waterhouse






Decían de ella que dejaba un rastro a limones en la boca






Existió una vez una ninfa cuya piel estaba hecha con jugo de limón. Al caminar se desprendía de su cuerpo una fragancia ligeramente ácida, muy grata al olfato. Allí, a donde ella llegaba, parecía arribar la primavera, el sol, el canto alegre de los pájaros. A los trasgos les gustaba formar corros a su alrededor, abrazarse a su cintura, y aspirar su embriagante olor. Por lo que casi nunca estaba sola.

Sin embargo la ninfa cuya piel estaba hecha con jugo de limón, se sentía triste. Pues si su olor parecía despertar el apetito de todas las narices, su sabor no era apto para todos los paladares. A la ninfa, quien respondía al nombre de Citria, le placía especialmente la compañía de los humanos y su mayor gozo lo experimentaba en las  horas en las que podía retozar con alguno de ellos dedicada al juego carnal. Al principio todo parecía transcurrir normalmente. La habitual melé de caricias, suspiros, desgarrones…Cuando el humano probaba su piel, ella podía percibir como el cuerpo masculino era sacudido por un imperioso estremecimiento. Entonces la buceaba con su boca, buscando los recovecos donde se concentraba la mayor cantidad de su jugo, tan cítrico. Y aspiraba, bebía, absorbía, hasta que ella se sentía vacía y seca como una hoja, y se imaginaba que en su cuerpo por fin se había instalado el otoño, y su piel se le figuraba entonces de un color parduzco, y aguardaba sin más a que se la llevara el viento, lejos, muy lejos…. En ese momento por fin el humano parecía saciado. Permanecían durante un tiempo acostados el uno junto al otro, enlazados, los cuerpos radiantes al sol, resplandecientes bajo aquella pátina de limón que adornaba sus pieles al mezclarse. Sin embargo pronto ella, al mirarle, se percataba de que un extraño matiz iba mutando su rostro. La sonrisa se le descosía de la boca. Su frente se plegaba en pequeñas arrugas de preocupación. Los ojos parecían desvestirse de todo rastro de luz. Entonces ella sabía que la amargura había llegado. Desde aquel día el hombre se volvía taciturno y triste. Pasaba por la vida cabizbajo, y errabundo. Incapaz de borrar aquel rastro a limones que le había dejado en la boca. La amargura era el precio que los hombres pagaban por saborear su piel.

Las demás ninfas le repetían entre risas que pasara por alto este detalle, y continuase retozando con hombres si tanto le placía-cosa que le pasaba a casi la totalidad de las de su especie, puesto que en aquella época, en la que el mundo todavía era joven, eran famosas por su concupiscencia y lubricidad-. Sin embargo Citria no soportaba ver cómo todos aquellos con los que había compartido gemidos y risas, piel y fluidos, arqueo y cadencia, se volvían seres grises, sin rastro de color ni de alegría. Por lo que poco a poco dejó de seducir a los humanos con su perfume, y rehuyó su compañía. Resultando que entonces fue ella la que comenzó a volverse taciturna y triste. Hasta los trasgos dejaron de seguirla a todas partes, y ya no formaban corros saltimbanquis a su alrededor. Pues pensaban que aquel delicioso olor a limón ya no compensaba tanta tristeza.

En un lugar muy lejano, existió un hombre cuya saliva estaba hecha de azúcar. Sus palabras eran siempre dulces y almibaradas. Tanto era así que las gentes le llamaban “El Poeta”, y decían de él que con sus poemas sería capaz de conquistar a la irreductible luna. El Poeta era apasionado y entusiasta, pero la misma gente decía de él que era demasiado inconstante en sus pasiones. Tenía la costumbre de construir altares de versos que parecían derretirse en la boca de aquel que los escuchaba,  para elevar en ellos a la mujer de su elección. Su Diosa de la Noche, o su Diosa de la Mañana, según las circunstancias. Lo que la gente ignoraba es que el dulzor de su saliva le impedía saborear cualquier manjar, cualquier caldo de uva, la piel de toda mujer. De ahí procedía la inconstancia de sus pasiones, pues nada era capaz de despertar a su paladar de su sueño de azúcar.

Pero un día El Poeta, escuchó hablar de Citria, la ninfa cuya piel estaba hecha con jugo de limón. Y decidió recorrer la gran distancia que les separaba-pues El Poeta procedía de un lugar más al este de Samarcanda, y la ninfa vivía en los bosques de la Europa más occidental-, para ir al encuentro de ésta. Tras viajar durante meses por las vastas zonas desérticas, y traspasar fronteras de países de los que la mayoría de sus antepasados ni había escuchado hablar, por fin El Poeta llegó al bosque en el que vivía Citria. Una vez allí hallarla fue mucho más sencillo de lo que nunca hubiese imaginado. Los trasgos-conocedores de su llegada por los susurros del viento, quien, como todo el mundo sabe, es impaciente, y no había querido evitar callarse los pormenores de aquella visita-no dudaron en guiarlo hasta la ninfa, pensando que quizás un hombre de características tan peculiares, y que había venido desde tan lejos, pudiera devolverle su alegría habitual. Citria en eses momentos se encontraba disfrutando de un placentero baño. El Poeta se estuvo largo rato observándola, mientras ella, de espaldas a él, derramaba sobre su cuerpo el agua que le sustraía al río por medio de una gran concha marina, con la que hacía mucho tiempo la habían obsequiado sus amigos los trasgos. Pronto las palabras de azúcar se amontonaron en la garganta del Poeta, quien no tuvo más remedio que dejarlas salir, llenando el aire con aquella dulce fragancia. Citria se volvió despacio, orientando hacia él su torso desnudo. Hacía tanto tiempo que no hallaba a hombre alguno en las cercanías, que todas las reconvenciones de los últimos años se vinieron abajo. Por lo que con paso firme comenzó a desprenderse de las aguas, como si fueran tan sólo una vestidura sobre su desnudez. Él la vio aproximarse, con aquellos cabellos rubios, largos y lacios, que se desplazaban armónicos a su cuerpo, como si simplemente se tratasen de una melodía, o un compás.  Vio sus brazos deslizándose a través de la luz. Sus senos llenos, rebosantes. Su cintura como un amanecer. Y percibió aquella fragancia a limones, que desde su nariz parecieron invadirle la boca, la garganta, y todo el cuerpo. Cuando ella estuvo cerca sólo dijo:

-Por fin viniste

El viento tampoco había querido evitar decirle a Citria que no estuviera triste. Pues pronto habría de llegar el consuelo a su desdicha.

Y esta vez, tal y como había sospechado, El Poeta pudo conocer el sabor de una mujer. La piel de Citria restallaba alegre en su boca, inundando su paladar de azúcar. El dulce y el cítrico se conjugaban en deliciosos ósculos.  El bosque olía a éxtasis y a gloria. Se amaron con avidez, como auténticos posesos. El cielo se estremecía con el atronar de sus jadeos, con el retozar de sus gemidos. Él se alimentó de aquel jugo de limón sin escatimar ni una sola gota. El azúcar de su saliva se solidificaba sobre el cuerpo de ella, como pequeñas y finas escamas que cubrían su piel. Estalactitas de limón y de azúcar. Nadie podría decir cuanto tiempo pasó, porque en un bosque como aquel nadie llevaba la cuenta del paso del tiempo. Claro que los árboles se desvistieron varias veces de sus hojas. E infinidad de nuevas mariposas abandonaron sus crisálidas, tantas como para oscurecer la bóveda celeste con sus alas. Gozaron tanto, lamieron tanto, bebieron tanto el uno del otro, que de pronto un día, tras un beso, se percataron de que ella se había llevado la última gota de azúcar de su saliva. Y él había sustraído la última gota de jugo de limón de su piel. Citria, en ese preciso instante, supo que se había convertido en mortal.

Sólo entonces descansaron, con sus cuerpos tendidos al sol. Y arribó la noche….

Nadie sabría decir que es lo que ocurrió después, pues es un secreto que la oscuridad se llevó en sus entrañas. Pero al día siguiente Citria y El Poeta habían desaparecido. El único rastro era un misterioso charco que ocupaba el lugar donde sus cuerpos se habían tendido. Los trasgos, embargados de tristeza por la desaparición de la ninfa y aquel humano de palabras de azúcar, se aproximaron en silencio. Permanecieron durante un tiempo sin saber que hacer, hasta que uno  se envalentonó y aproximó un dedo al charco. Estuvo durante un tiempo examinando y aspirando el olor de aquel jugo, y viendo que era éste grato a su nariz, lo llevó a la boca. Enseguida se embriagó con aquel sabor, que era como de limones y azúcar comulgados, y animó a sus compañeros para que probaran. Al instante toda la tristeza y la melancolía desaparecieron de sus rostros. Y celebraron una gran fiesta.

Al pasar los meses, una vez que el charco hubo desaparecido, floreció un arbusto en aquel preciso lugar. Con el tiempo, de los frutos de aquel arbusto, los dioses del Olimpo, extraerían aquel néctar con el que tanto se deleitaban…



12 comentarios:

Aka dijo...

Un texto precioso Vera. No deja de sorprenderme la facilidad que tienes para contar cuentos, desde lo más fantásticos de personajes imposibles, a reinventar mitos como en este caso. Sea como sea siempre consigues trasladar al lector hasta tu mundo particular. Y en esta ocasión con un final dulce. Siempre he sentido una gran debilidad por las ninfas...

besos

vera eikon dijo...

Supongo, Aka, que nunca descarto ninguna idea, por muy loca que me parezca o por los prejuicios que pueda tener hacia ella. Me gusta ver a dónde derivan...La había comenzado la semana pasada, pero cuando tenía apenas un esbozo, me cansé, y la castigue,de cara a la pared, por unos días. Finalmente hoy le levanté el castigo. Sabía que te iba a gustar, tu paladar es de los que se deleitan en lo dulce. Biquiños!!!

El Joven llamado Cuervo dijo...

Para mi que el amor es un charco, ahora que lo decís, me sabe a charco alimonado, anaranjado, apomelado y todos los cítricos.
Una vez conocí al hombre limón, pero no era como Citria, por el contrario, su aroma no atraía a nadie, sino que espantaba. Y es que Citria ha de ser de la clase del limonero real.
También conocí a la Mujer Naranja, y esa si que estaba llena de dulzores y pasiones, su jugo era como el fuego. Sólo la Mujer Naranja podría haberle dado más vida a aquel Hombre Limón.
No sé por qué digo ésto. El texto en realidad me hace pensar que hay una chica que posee el don del limón y el del poema, los dos en su conjunto.

Aka dijo...

Hiciste bien en levantarle el castigo Emma. Comparto la visión de Cuervo de que el amor es un charco con todas sus variantes... lo de los gustos, bueno, soy más de salados que dulces, pero los cítricos me gustan, supongo por el toque ácido que hace que te estremezcas como los hombres de tu relato con Citria.
besos

ana dijo...

además de visual, este texto tiene sabor y hasta fragancia (cítrica, que me encanta) y al final, el que lee termina encharcado y bebiéndose el zumo de los amores

biquiños dulciños
anamaría

Mixha Zizek dijo...

Vera tus textos son excelentes, siempre me gusta saborearlos al leerlos dejas el néctar ante mis ojos, un placer leerte, siempre, besos



el post anterior buenísimo, te dejé un mensaje

vera eikon dijo...

Darío, quizás ese charco no sea el amor, pero sí el alma o el poso del amor. De pequeñas, mi hermana Paula, mis primas y yo coleccionábamos charcos. Ahora me gustaría pensar que lo hacíamos porque buscábamos allí el alma de la lluvia. Pero en realidad lo hacíamos por una razón puramente estética, por deleitarnos con las nubes que veíamos reflejadas en ellos. Los llamábamos "los tesoros de las nubes"(quizás lo haya utilizado en algún cuento).. Lo que quiero decir es que la motivación del cuento es puramente estética, sólo un divertimento. Es la lectura la que le otorga profundidad, no mi escritura. Por eso es interesante leer los comentarios. Me gusta esa historia que cuentas del hombre limón y la mujer naranja, y una parte de mí querría que se hubiesen encontrado. Sin embargo otra se pregunta qué podría haber encontrado de interesante esa mujer naranja en un ejemplar tan insulso de hombre limón..... Y claro que esa chica de la que hablas puede poseer el don del limón y el del poema. Esta claro que si pudiera decantarse, se decantaría por el poema....

El hombre de Alabama dijo...

Repito lo que han dicho por ahí arriba, tienes una facilidad natural en unos tiempos en los que parece que es preferible ir a lo corto y muchas veces fácil.

vera eikon dijo...

Sí Aka, yo también soy de las del toque ácido. En el amor adoro los estremecimientos. Casi diría que los colecciono. Besos

vera eikon dijo...

Me gusta eso de que los textos huelan, Ana....No te importa que te corrija ¿no? En este caso sería biquiños dociños (en galego dulce se dice doce). Biquiños!!!

vera eikon dijo...

Gracias Mixha, ese néctar del que hablas me parece un buen poso para una historia. Besos!!!

ana dijo...

Vera, la idea es que me corrigas para seguir aprendiendo gallego...
biquiños dociños!!!