Eres igual a ti, y desigual, lo mismo que los azules del cielo.

Juan Ramón Jiménez


viernes, 19 de agosto de 2011

SIMONE Y JEAN PAUL


Por cierto, esta era la portada del libro. Así que las letras sí eran rojas...





No soy de ese tipo de personas que suelen evocar el pasado(creo que esto hace años no era así. Solía identificar perfectamente las semanas, y los momentos cruciales de mi vida, y esto sólo era posible si una se pasa mucho tiempo separando las hebras de la madeja que conforman. Como si de ubicar las piezas de un ábaco se tratara….), ni siquiera para hacer balance de “mi tiempo”. Tampoco es que viva de cara el futuro, porque me resulta absurdo dotar de sustancia (y pensamiento) aquello que está por venir. No tengo ni idea de qué va a desear mi “yo” cuando el futuro se torne presente, así que prefiero concederle esa libertad que deviene de toda imprecisión. Y tampoco quiero que mi “yo” futuro se vea limitado por las concepciones de las que pueda dotarle un “yo “ presente, incompleto (no es que mi  “yo” futuro vaya a serlo. Pero en todo caso será el “yo” que se corresponde con ese tiempo) y demasiado ocioso.  Entonces debería quedarme el presente, pero ni por esas. Muchas veces siento que ni siquiera tengo los pies bien asentados en el momento, y la vida pasa,  y yo continúo montada en el vagón de un tren, como un viajero que ni piensa, ni le da importancia al viaje, lo único que le llama la atención es toda esa serie de estaciones minúsculas, que otea desde la ventana y la lejanía, y que van ganando tamaño a medida que la locomotora se aproxima. Hasta que finalmente la estación es la ventana. Me rasco la cabeza y comienzo a ubicar mis maletas en el compartimento superior, donde los pasajeros almacenamos el equipaje. Y tras hacer ademán de levantarme, el pitido del tren que se pone en marcha me sienta de nuevo, y me deleito contemplando como la estación que era una ventana, se va empequeñeciendo a medida que nos alejamos. Y la ventana vuelve a ser ventana con todo un mundo inventándose ahí fuera.
Todo esto que he escrito-que no deja de ser una mera quebrada de pensamientos escritos a bote pronto-no me exime de que a veces el pasado se me eche encima. A todos nos pasa. Ninguno es lo suficientemente rápido en la carrera como para que todo lo vivido se quede siempre atrás. Hay instantes que se desembarazan de la cadena del suceso y desembarcan en el presente con la misma rotundidad e ímpetu con el que se dieron cuando les tocó el turno. A veces es un olor el que los lleva sujeto a sus riendas. Otras es el arrastrarse de una brisa por tu cuerpo. El crujido de la madera bajo tus pies. O un lugar que se viste de cierta luz…..El caso es que esto ocurre. A todos nos ocurre, creo. Y entonces aquella que fui confluye con aquella que soy. Y soy consciente de la plenitud de lo vivido, y de la maleabilidad del tiempo.
El caso es que hoy me ha ocurrido eso, y debería haberlo intuido. Porque parece que esos momentos van precedidos de signos, incluso mucho antes de que los agarre del cogote esa mano que los sustrae de su tiempo. El libro que estoy leyendo, un comentario que alguien hace en un blog,…pero de repente leo una entrada en otro blog de los que soy asidua, y Zas!!!
Fue en Compostela. A los pocos meses de comenzar el primer curso. Caminaba yo por la Rúa Nova de Abaixo, cuando me encontré delante de una librería. Aunque debía de llevar muy pocos meses abierta, por fuera mostraba un aspecto clásico y acogedor. Como de sentirse en el lugar que desde siempre a uno corresponde. Lo que quiero decir es que no se parecía en nada a uno de esos supermercados de libros con los que poco a poco van copando nuestras calles las grandes cadenas, desplazando a las librerías y al librero de toda la vida. Tenía un gran recibidor de madera, sobre el que los pasos sonaban con un golpe seco, y uno casi se imaginaba ascendiendo hacia sí una dorada nube de polvo. Aquel recibidor era exterior (una especie de porche, adyacente a la parte delantera de la librería), y tenía a ambos lados dos grandes escaparates de cristal. Me estuve un buen rato mirando los libros. Es sorprendente lo hermosos que son en actualidad los libros por fuera. Lo atrayentes y seductoras que son sus tapas, sus ilustraciones, e incluso las fundas protectoras. Como si el valor de los mismo no residiera imperativamente en el contenido. O como si ese valor tuviera que evidenciarse ya desde la cubierta. Pero yo como soy un poco boba, y adoro lo bello, me quedo atrapada por la luminosidad del envoltorio, como si de una sala de exposiciones, con sus cuadros desnudos (únicamente vestidos de luz), se tratara. Pues lo que digo, estuve un buen rato mirando embobada, y analizando la temática y los autores que allí se me ofrecían. Me congratulé de no encontrar entre ellos los típicos best sellers ni autores superventas. Pronto me percaté que uno de los escaparates estaba invadido por libros escritos por mujeres. Con títulos y autoras marcadamente feminista. Entonces fue cuando miré hacia la entrada y vi sobre la puerta el nombre de la librería: María Balteira. María Balteira, para quien no lo sepa, era el nombre de una “soldadeira” gallega, la más famosa. Las “soldadeiras” eran mujeres que acompañaban a los ejércitos en sus desplazamientos para entretenerlos cantando y bailando, y a cambio recibían como pago una “soldada”(de ahí su nombre). Como digo, María Balteira, fue la más famosa de todas. Muy apreciada entre la soldadesca por su belleza y habilidades, fue también muy denostada por una vida demasiado “licenciosa” para la época. Se conservan varias “cantigas de escarnio” de las que es protagonista. Entre los que escribieron sobre ella se encuentra Alfonso X. Se la acusaba entre otras cosas de jugar a los dados y hacer trampas. También la consideraban culpable de yacer tanto con clérigos como con seglares. Por todo esto no es de extrañar que sea un personaje representativo para el feminismo gallego.
Pero a lo que iba….Me encontraba yo llenándome los ojos con los libros esparcidos por aquel escaparate, cuando de pronto me topé con el libro que-yo sin saberlo- me esperaba aquella mañana. Era un libro de tamaño mediano, más bien grande, y bastante grosor. Tenía las tapas blancas, y en el se veía en una fotografía en blanco y negro, a Jean Paul Sartre, en uno de los puentes de París, con todo el aspecto de aguardar algo(seguramente el clic del fotógrafo. Pero a mí me hacía pensar que estaba aguardándome), y con su pipa en la mano. El título, que yo ahora recuerdo en letras rojas, “Cartas a Sartre”. He de decir que soy una auténtica devota de las casualidades anunciadas. El hecho de que un libro me persiga como aquel (porque aquel libro me perseguía. En películas, conversaciones, otros libros… el libro se me aparecía con el aspecto de la galleta de Alicia diciéndome “cómeme”, bueno, en este caso “léeme”)lo hacía, no es motivo para que yo me encaminé a una librería en dirección a él. No, siempre me digo, que si he de leerlo, el libro ya se avendrá en el momento oportuno. Como si me gustase pensar que mi vida es guiada por una especie de fatalidad (a veces pienso que se trata simplemente de una especie de indolencia. Pero luego concluyo, que en realidad a mí me divierte que las cosas sucedan así). Mi hermana Paula siempre decía que con la ropa hacía lo mismo. Pasábamos por un escaparate, veíamos una camiseta o un vestido que me gustaba y ella me decía “entremos y pruébatelo”. Y yo siempre le decía “hoy no , otro día”. A lo que ella siempre objetaba que la próxima vez quizás no estuviese. Y yo, encogiéndome de hombros, sentenciaba “si es para mí, estará”. Me pregunto si hago así con todo. Pienso que con la escritura me pasó lo mismo. Siempre pensé en lo mucho que me gustaría escribir. Tuve unos pequeños conatos, apenas podríamos denominarlos pinitos. Pero no terminé de arrancarme e ir hacia la escritura. Y un buen día, hace menos de dos años, la escritura me alcanzó.
Creo que lo único con lo que no actúo así es con los hombres. Si un hombre me gusta no dejo que ninguna fatalidad se entrometa. Pienso que algunos hombres me son imprescindibles, al menos en el momento en el que los vivo. Sería una lástimas dejarlos caer en otras manos que  no sean las propias (aquí me refiero a ese factor fatalidad del que hablo, por supuesto), así que voy al grano. No aguardo el momento oportuno. El momento oportuno soy yo (aquí temo que he de parecer un poco sobrada…)
Ese fue el día en el que me alcanzó el libro. Y ya no me demoré más en el escaparate. Con el corazón batiendo sus alas contra el pecho, entré en la librería. Iba tan entusiasmada con aquel encuentro, que ni siquiera reparé en la voz de librera. Voz de la que en las siguientes ocasiones me enamoré, y que todavía hoy resuena en mi mente con los acordes más graves de un violoncelo.  Me pregunto ahora acerca del aspecto que debí presentar ante ella. Algo parecido a un yonkie a punto de recibir su dosis de heroína. O el rubor febril que nos invade previamente al instante del sexo. Algo así, imagino….El caso es que cuando por fin tuve mi libro, salí fuera, y en medio de la acera le quité la bolsita de papel marrón en la que estaba metido (uf, cuántas de aquellas bolsitas llegué a coleccionar. Seguro que si reviso en mis bolsos de aquellos tiempos asomarían sus fauces, todas arrugadas, pues solía meter en ellas mis libros para protegerlos del berenjenal que suele ser el bolso de una mujer). Entonces tuve un extraño y extraordinario momento de conciencia física del libro. Me comí con los ojos aquella imagen, lo olí, hojeé sus páginas sólo para ver cómo sonaban. Y el mundo era un teatro oscuro, en el que en aquellos momentos un solo foco iluminaba al actor que estaba en escena. Y el que estaba en escena, en ese instante, era yo.  He de decir que en aquellos tiempos esto me pasaba mucho. Quizás porque erraba por las calles durante horas, sin querer darle un rumbo a mi existencia, así que me quedaba prendada de las cosas más tiernas y tontas (es increíble cómo la rutina de todos los día nos acaba inhibiendo para estos momentos cuasi lujuriosos).
Hoy en el blog de Nina, este momento me sobrevino, como un estremecimiento. En él leí una de las muchas cartas que contiene el libro. Me pasé toda una época leyendo aquellas cartas. Amé a Simone, y a Jean Paul, con la conciencia de que yo sería en su mundo no más que una Sorokine, o una Vedrine, o un pequeño Best (bueno es un decir, en realidad yo no sería para ellos nada de eso, en fin…). Un satélite girando alrededor de ellos dos. En mis lecturas me sorprendía cada día, la desnudez de aquellas cartas. Existía tal comunión entre ellos dos que no había nada que no pudieran decirse, nada que no pudieran hacer si les placía. Quizás por eso su relación se mantuvo siempre. Porque siempre había predominado entre ellos la apertura, y no los límites. Debe ser tan difícil encontrar con alguien una comunión literaria, política, filosófica y física, y no pretender constituirse en el mundo del otro, y el otro en tu mundo. Quizás la conciencia de esa comunión es la que les permitió amarse libremente. Y curiosamente creo que en la historia no existen muchos nombres tan enlazados. Por eso cuando visité su tumba, en París, escribí “indivisibles pero independientes”. Sus restos moran bajo la misma lápida. Comparten sus nombres el espacio de la misma placa en una placita encantadora.
Uno de los personajes de una de las historias de La Mujer Rota de Simone no para de repetir que jamás podrá amar a alguien al que no estime. Supongo que entre ellos siempre existió esa estima y admiración mutua. Por lo que no tenían razones para dejar de amarse.
Creo que en cierto modo me pasa lo mismo, necesito estimar a aquellos que quiero. Siempre he admirado la fuerza y entusiasmo de mi pareja actual ( y si algún día dejara de verlo así, creo que algo se quebraría..). Recuerdo que hace seis años , cuando apenas llevábamos un mes juntos (un mes conociéndonos), hicimos un viaje en coche por el norte de España. Pasamos la noche en un pueblo que se llamaba el Desfiladero de la Ermida (cerca de Potes). Un paraje encantador, ubicado en una franja de tierra estrecha, como un pequeño apéndice de un desfiladero, y con la cinta de un río atravesándolo. Dormimos en una preciosa posada al pie de la carretera. Durante la cena la camarera tomó mal la comanda y cuando trajo los platos, a mí me sirvió una ensalada mixta en vez de una ensalada de pasta. Cuando le comenté lo que había pasado me dijo que yo le había pedido una “ensalada mixta”, me dio la espalda y se fue hacia la barra. Como yo siempre he sido una persona tímida y bastante educada, me limité en mi estupefacción a callarme la boca. Entonces mi pareja me dijo “ahora sí que me pareciste débil”. Evidentemente me sentó como un jarro de agua fría, pero fue un toque de atención. Así como yo pongo listones, los demás también lo hacen. Creo que siempre he sido una persona fuerte(mi timidez es la que a veces me hacía huir de ciertos enfrentamientos). Pero ahora lo soy más que hace seis años. A veces pienso que la fuerza es simplemente el impulso para levantarse cuando uno se cae. Como yo soy torpe, no paro de caerme, lo que implica que he de levantarme muchas veces.
En fin, al que haya llegado hasta aquí, gracias. Seguramente no he dicho gran cosa. A veces, simplemente, me limito a expulsar las palabras. ¿Verborragia o palabrería?

10 comentarios:

Stalker dijo...

ni verborragia ni palabrería...

palabra que adentra, que teje el corazón de todos,

un abrazo

vera eikon dijo...

Quizás el corazón sea el lugar en el que busca acogerse la palabra cuando brota. Gracias y un abrazo, Stalker

C C RIDER dijo...

Pensaba que esa fámula, iría a parar al desfiladero. Estoy de acuerdo con Stalker. Tejedora.

Carmela dijo...

Pues yo hubiera seguido escuchándote, que es la sensación que me queda, no de leerte, sino de verte y escucharte. Me encantó Vera
Un besazo

Eleanor Smith # dijo...

Dos grandes entre grandes estos dos.
Y otra grande sos vos.

No te expliques si el texto es largo o no; los que te leemos no nos importa la longitud. *

Un beso o 2 #

Mixha Zizek dijo...

Vera nada de palabrería, son palabras desde adentro que fluyen hacia nosotros y nosotros las leemos sometidos gustosamente a tu experiencia ( al menos yo, lo siento así)

No he leído ese libro de Simone de B. pero me impulsas a buscarlo prontamente, leí el segundo sexo y me encantó fue hace muchos años realmente muchos diría unos 15 para atrás, en la universidad y en la vida marcó una etapa importante para mi.

Al leerte me recuerdas esa etapa, una maravilla, besos

vera eikon dijo...

Beso, CC

vera eikon dijo...

Gracias, Carmela. A veces me apetece sostener pequeñas intimidades con aquellos que están tan lejos...Bico

vera eikon dijo...

Sí, Eleanor, sin duda dos grandes, y únicos. No me suele importar la extensión de los textos, pero me preguntaba si este lo era respecto al contenido. Bicos!!!!

vera eikon dijo...

Es curioso pero de Simone he leído cartas, ensayos, diarios de viaje, pero no había leído ninguna novela. Hasta ahora que estoy leyendo "La mujer rota", que en realidad es como una compilación de tres novelas cortas, extraordinariamente lúcidas(la misma lucidez que uno encuentra en sus otras obras). Me está gustando. Es hermoso cuando el recuerdo brota espontáneamente... Besos!!!