Eres igual a ti, y desigual, lo mismo que los azules del cielo.

Juan Ramón Jiménez


viernes, 29 de julio de 2011

EL SEXO ENMASCARADO

 Adan y Eva de Tamara de Lempicka
Mujer durmiendo de Tamara de Lempicka




Le gustaba despertarse en medio de la noche, y sondear, al compás de la oscuridad, el ritmo de su respiración. Si ésta era andante, sabía que dormía profundamente. Ella se sumergía en las marismas del sueño con la naturalidad de un heliotropo. Entonces él se acercaba silenciosamente a su espalda, y proyectaba contra su piel un vaho procedente del corazón. Era la prueba definitiva. Podía sentir como el vello se erizaba, con el desliz de un escalofrío. Pero si no despertaba, era que ya retozaba por las simas oceánicas, como un pez abisal. Ahí era cuando su índice entraba en juego. Lo aproximaba a su nalga, como si se tratara del nervio de un hierro candente. Desde la parte exterior, se dirigía a la parte central, dócil, como si aquella forma redondeada pudiera desintegrarse al contacto. Siempre muy, muy despacito. Dibujando los caracteres que conformaban el epigrama de su deseo. Llegaba entonces a aquella grieta profunda, aquel socavón del terreno. Tan similar a un desfiladero que sentía a su dedo como un solitario jinete. En los oídos el sonido de los cascos de su caballo. Y el silencio repitiendo su nombre. Aquel calor tan denso y sofocante solamente podría conducir al mismo infierno. Cuando por fin llegaba a la entrada, la bordeaba como a un agujero prohibido y deseado. En el que sólo podría penetrar tras pronunciar las palabras mágicas. Después de tomarle las medidas, con tiento, a aquella cavidad oscura, se dirigía a la zona rosada, tan blanda y gelatinosa, que parecía hecha en crema de leche. Una vez allí comprobaba el grado de humedad.  Apenas el rocío posado sobre en pétalo. A él le gustaba que fuera así, porque entonces se entretenía explorando la carne de sus laderas, muy, muy suave, con el membrete de una caricia. Ella se retorcía entre sueños, y algo parecido a un gemido escapaba involuntario de su boca. Él se preguntaba si su dedo habría traspasado aquel tenue velo de su inconsciencia. Deseaba que ella le envolviera en aquellas imágenes oníricas, que las hiciera alzarse frente a sí, para él…. El rocío se volvía más, y más espeso. Si realmente fuera una flor se quebraría. En ese momento era cuando le gustaba entrar, a hurtadillas. Con la emoción de un niño que por fin se envalentona y penetra en aquella casa misteriosa, en perpetuo idilio con su imaginación. Con el vértigo del explorador que se adentra en territorio virgen, cauto y silencioso, para no despertar a las fieras que puedan habitarlo. Y lento, muy lento, se introducía en ella, en un éxtasis prolongado. Era como si la acompañara por las calles de sus sueños, paseando por entre los edificios dúctiles, bajo cielos surrealistas. Quizás en el sueño él la tomaba amparado en las sombras de alguno de aquellos edificios. O quizás no, y ella estuviera soñándose dormida, mientras su sexo enmascarado la abordaba, y la poseía sin consentimiento. Porque su voluntad continuaba presa en aquel mundo onírico. Encarcelada en aquel sueño todo hecho de diques, y que en ese preciso momento él derribaba. La ciudad de sus sueños era asolada por una ola gigante, como un océano desbocado, al que le han cortado las riendas. Era ahí cuando ella despertaba, sudorosa y jadeante, auscultando las sombras. Hasta que por fin descubría el cuerpo de él, durmiente a su lado. Lo contemplaba un poco desde los bordes, lejana, como si todavía la envolvieran las nieblas del sueño. De aquel sueño que, durante la noche, él se ponía sobre el rostro como un antifaz.


jueves, 28 de julio de 2011

TARDES BLANDAS

Imagen: Remedios Varo




Le pongo alas al silencio
para que se golpee
contra el cristal que nos envuelve
Una y otra vez

En el calor
todo es blando
Siempre extraño el frío
y sus aristas
Me gusta que se me claven los abrazos

Te miro en un plano corto
Desnudo eres un poliedro
Te invento nervaduras,
asimetrías
Designo los polos de tu cuerpo,
trazo meridianos,
empalmo la línea del ecuador

Extraigo la sombra de tus lunares
En ella me cobijo
del sol y del mar
De la muerte que acecha

Me embriago en tu rictus imperfecto
Eres mi escalera al infierno

Pero hoy todo es blando
y estamos solos
Yo y el silencio
dentro del cristal
Como un pájaro
que se tropieza 
Una y otra vez


Sé que el silencio
es el único grito
capaz de resquebrajarlo

Por eso lo empujo una  y otra vez
Y otra vez
Y otra vez
Hasta que el cristal se rompe

El aire me abate
Sabor de tempestad en la boca
La tarde es a bocajarro
El silencio sangra
En la noche auscultaré la herida

miércoles, 27 de julio de 2011

VACÍOS

Imagen: Leonora Carrington




           En ocasiones nos asedia un gran vacío....
            pienso que ese es el mayor enemigo de los hombres




Hoy
no existen más que gritos sin voz
en mi garganta

Mi párpado
no es más que una membrana
que envuelve un ojo de aire
Cada imagen se astilla en mis pestañas
y se aplasta contra el suelo,
con el seco bramido
de un animal
sacudido por una lanza

Mis pequeñas manos
son incapaces de asir la vida
y sus desmanes…
Los instantes se me resbalan
absortos
como olas en un mar

Sólo tengo
palabras caídas en un césped sintético,
descompuestas,
y con los vómitos al viento

Hay un pez
con un anzuelo en la boca
al que veo morir

Hay un niño 
al que se le ha quebrado la risa
que me pide que busque a su madre
de la que ya no recuerda ni el nombre

Hay un mártir 
que ha perdido su causa
y desde el resinoso cadalso
me pregunta por la sinrazón de su muerte

Y yo
que nunca he creído en nada
hoy
me reventaría el corazón
por devolverles la fe





martes, 26 de julio de 2011

YO TAMBIÉN FUI DORA CARRINGTON.....

.........a la manera de una derrochadora de letras


Study of a Woman, Reclining Dora Carrington





Sólo soy
una danzarina descalza
en la noche de cristales rotos

Una condenada pecadora

Penitente
Arrodillada
solicito a dios en mis oraciones
“Un solo gesto de amor…
Sólo eso”


Construyo un rosario
con mi piel a tiras
Me arranco palabras como cuajos:
Epítetos lactantes
amamantados por sustantivos
con las ubres agrias

A dios debe amargarle mi leche…

Pero
¿acaso no son los débiles,
los afligidos,
los corrompidos,
los estériles,
los condenados,
los más dignos de amor?

Para ser digna
he cerrado mi sexo a cal y canto
Aun así,
cada noche,
siento sus uñas arañando
la tapa de mi ataúd,
infatigable

Incapaz de dormir
el sueño de los justos
permanezco en mi lecho
entumecida,
consagrada,
desterrada...

lunes, 25 de julio de 2011

UN PRINCIPIO

Adoro esa película. El texto podría ser simplemente una excusa....




Estaba el Amor sentado en un banco. Llevaba la cabeza cubierta con un bombín, y sus temblorosas manos no paraban de jugar con el pomo de su bastón. De vez en cuando sacaba el reloj del bolsillo de su chaleco, e impaciente comprobaba la hora. Se sentía desentrenado. Tenía la molesta sensación de que aquella gente que pasaba por delante suya, y lo veía sentado en aquel banco, lo miraba con el escaso interés que en aquella época despertaban las formas anacrónicas, o los elementos fuera de lugar. En aquellos tiempos avanzados, en una sociedad en la que el fracaso se consideraba algo punible, un obstáculo manifiesto al progreso, y a la supervivencia de la especie, el concepto de amor romántico había sido aniquilado. Los emparejamientos eran programados, para que su único destino final fuera el éxito. No se podía permitir que las emociones, e incompatibilidades entre la pareja lastrasen el futuro de la familia. Los emparejamientos fallidos constituían una tara y un boicot al sistema. Ahora todo se había simplificado. A base de exhaustivos análisis genéticos y neurológicos, uno podía encontrar fácilmente a su alma gemela. Claro está que se habían  extirpado el romance, y la aventura de la conquista. Pero por otro lado también se había acabado con el desamor, el desengaño, y el dolor de la ruptura. El sistema había resultado ser infalible. Apenas existía un cinco por cien de fracasos, y éstos en personas previamente desequilibradas, con escasa empatía, incapaces de establecer vínculos permanentes con los otros.

Por todo esto el Amor se sentía desentrenado. Todos los días se dirigía sin esperanzas a la oficina de empleo, en busca de una ocupación adecuada para él. Ya no existían corazones solitarios, ni expectantes, ni soñadores…Era algo insólito que alguien llegara a la adolescencia sin que le hubieran asignado a su media naranja. Las bases de datos bullían en constante búsqueda de coincidencias. A veces sucedían pequeños imprevistos, como que el resultado final emparejase a dos personas con una gran diferencia de edad, o del mismo sexo (esta última circunstancia era muy contraria a la finalidad última del sistema, que no era otra cosa que la supervivencia de la especie, y del sistema social imperante). Los científicos no se explicaban porque a veces se producían  estas incoherencias en un método con tan alto grado de fiabilidad, pero afortunadamente siempre existían más opciones de emparejamiento para eses individuos. Se les recetaban fármacos y complementos hormonales -aparte de realizárseles un  férreo seguimiento- para evitar las asperezas y los conflictos que pudiesen derivar de unos caracteres “no al 100% compatibles”.
El caso es que aquella mañana el Amor había recibido un chivatazo de su colega el Destino, cuando se habían encontrado en la cola que se formaba cada día ante la oficina de empleo. Le comentó que hacía días que se venía apercibiendo de una incongruencia en el continuo espacio-tiempo. La irrupción de uno de aquellos acontecimientos a los que antiguamente se solía denominar como “efectos mariposa”. Concepto inexistente en la actualidad, donde cada paso, cada decisión, cada aliento, era concienzudamente programado de antemano para que nunca derivasen en un obstáculo para el sistema. Como Destino que era, sabía de buena fuente que el amor era la esencia de aquel acontecimiento. Por lo que le advirtió estuviera preparado y atento, no fuera a ser que estuviera tan desentrenado que dejara escapar esta oportunidad. Según el Destino, el acontecimiento tendría lugar a lo largo de ese día, en aquel parque, en el que el Amor esperaba.

Era domingo, y las parejas proliferaban sobre la hierba paciente. Todas tenían en sus rostros aquella apariencia cómoda, satisfecha, y-para ojos inexpertos-casi feliz. Sin embargo para él no eran más que rostros vacíos, a los que se les habían sustraído los rasgos del arrobamiento y el éxtasis, con los que solían vestirse ante el milagro del amor. Faltaba el ensueño, y el elemento animal, pasional, irracional…Y sí, lo tenía claro, él siempre se había considerado un sentimiento irracional. Puro milagro. Ahora se sentía rebajado a un nivel de cotidianeidad que consideraba insultante. Sí, la mayoría de la gente se emparejaba, casi en su totalidad de forma permanente, pero él lo sabía, a pesar de lo que manifestase el sistema, el mundo podía ser un lugar más lógico, pero era un lugar carente de amor. Chasqueaba la lengua y movía su cabeza de lado a lado, negativamente. Aquel era un mundo del que se había descartado el elemento humano. Y él se consideraba el más humano de todos los conceptos.
En el cielo comenzaron a agruparse las nubes, formando corrillo. Venían con los lomos pintados de gris. Le pareció un buen síntoma, puesto que los efectos mariposa solían venir acompañados de revoltosas circunstancias meteorológicas. De pronto la vio. Enfrente, sentada en un banco, rodeada de papeles amontonados, había una joven que escribía frenéticamente. No podía verle el rostro, porque los largos cabellos le caían sobre él, a modo de velo. Las líneas de su cuerpo parecían quebradizas, como si se fueran a desvanecer al tacto de una mano. Pensó que estaba toda hecha de espuma. De pronto comenzó a llover, y los folios que rodeaban a la joven alzaron el vuelo. Ésta se levantó y corrió desesperanzada detrás de ellos. De pronto el Amor sintió un vértigo, y se supo perdido, extraviado. Y perdió la conciencia….

Un joven salió de entre las sombras, y comenzó a correr, él también, tras los folios que se desperdigaban. Pronto el parque estuvo vacío, sólo se podía ver la figura de aquellos dos jóvenes que descoordinados se movían sobre el césped, con sus ropas empapadas. De pronto ella se paró bajo la lluvia, y miraba fijamente aquellas hojas con manchones de tinta. Él se le acercó, silencioso, se metió los folios debajo de la cazadora, por si hubiera alguno que aun pudiera salvarse. Ahora estaba enfrente de ella, que por fin se había apartado los cabellos del rostro, en el que destacaban dos ojos grandes, verdes, titilantes de sueños, y de lágrimas.
-No llores-dijo él-. Quizás no todo esté perdido.
-Y tú ¿quién eres?-contestó ella recelosamente
-Alguien que observa cómo vienes aquí, a escribir, cada tarde.
El rostro de ella se destensó.
-Quizás tengas razón, y no todo esté perdido…-contestó.
Comenzaron a caminar, juntos, despacio, bajo la lluvia. Ella no paraba de mirarse las manos que sostenían aquel zafarrancho de papeles arrugados. Él, tenía los brazos en torno al pecho, protegiendo aquellos pocos folios que había rescatado. Si al menos uno sólo se conservara intacto….-pensaba.
Se dirigieron a la marquesina de los músicos y allí se limitaron a contemplar como el agua caía. En silencio. Quizás fuera a causa de la lluvia, pero podían sentir como un campo magnético se forjaba a su alrededor. Aquel silencio los cercaba, como si fuera un abrazo, envolviéndolos. Ella sentía su respiración, su aliento caliente, sobre sus cabellos mojados. Él podía olerlos, permanecía clavado en aquella humedad. Soñaba con meterlos en su boca, lamerlos, secarlos a besos. Pero nada decía. El cuerpo de ella parecía pequeño, liviano. Temería destruirlo con sus brazos, con su peso. Sin embargo se la imaginaba maleable como una duna. Quería enterrarse en ella. Asfixiarse la boca con su arena. Pero nadie decía nada. La lluvia se incrustaba contra el hierro forjado de la marquesina, como si fuera música. La joven se balanceaba ligeramente, y se imaginaba que él la tomaba, y bailaban, bailaban, bailaban….con la misma cadencia de la lluvia. Ni siquiera sabían sus nombres. Sin embargo se imaginaba bailando con el joven sin nombre. Pero dejó de llover y aquel campo magnético que los había mantenido inmóviles pareció desvanecerse, como si sólo hubiese sido un obstáculo creado por su imaginación. Ella comenzó a caminar, alejándose, como quien va a la deriva, y no puede evitarlo. Él la tomó por el hombro y susurró: Espera…Se volvió y vio como él se abría la cazadora, y extraía un montón de folios arrugados. Se los ofreció, y ella comenzó a examinarlos, con ansiedad. Por fin halló uno en el que la tinta permanecía intacta. Se le llenó la boca con una sonrisa.
-Este es el principio. Justo lo que necesitaba. A veces-le dijo entusiasmada- lo más difícil es encontrar un principio. Afortunadamente, gracias a ti, no se ha perdido.
-Entonces ¿volverás? ¿Mañana volverás a escribir a este parque..?- preguntó titubeante.
-¡Sí!-exclamó. Entonces cogió el folio, y doblándolo lo introdujo bajo su camiseta, allí donde su corazón, y se alejó, mientras el joven la observaba, hasta que su silueta acabó por perderse en la lejanía. Al llegar a casa, sacó el folio. Lo desdobló y lo colocó cuidadosamente sobre la mesa. Comenzó a pasar a limpio….

“Estaba el Amor sentado en un banco. Llevaba la cabeza cubierta con un bombín, y sus temblorosas manos no paraban de jugar con el pomo de su bastón. De vez en cuando sacaba el reloj del bolsillo de su chaleco e impaciente comprobaba la hora….”


viernes, 22 de julio de 2011

INFECCIÓN

"Hamaca" Rafael Alonso




Sufrió un colapso. Sus familiares de inmediato la llevaron al hospital. Mientras, ella, en un estado de semiinconsciencia y delirio, tuvo una iluminación. “La vida no es más que aire. Aire que se escapa”- pensó al sentir cómo éste, poco a poco, huía de sus pulmones. Podía precisar cómo se iban secando dentro de su caja torácica. “La vida no es más que agua. Nadie sabe hacia dónde fluye…”-pensó después. Se le ocurrió que cuando acabaran por secarse, serían como un pellejo, quizás sólo una costra abandonada entre las costillas. Pero, afortunadamente, llegó un médico joven que le practicó una incisión en el cuello, y lo penetró con un tubito para que el aire retornara a su cuerpo, y con él la vida. Al examinarla el médico concluyó que tenía algo que le atoraba la garganta. Cogió un artilugio metálico en forma de pinza y con cuidado extrajo un cuerpecillo negro, que no paraba de moverse, y revolverse, como si fuera un parásito de escurridizas patas. El médico, henchido, lo mostró como si fuera un premio, o una medalla. Sus familiares se miraron horrorizados. Aquello era nada más y nada menos que un “TE QUIERO”. Así, en letras mayúsculas. Y era de uno de esos especímenes de “TE QUIERO” más rabiosos. De los que no paran de agitarse y abrir la boca.  De aquellos cuya sola mordedura es infecciosa, y se pasan el día hablando con aquel tono de voz tan empalagoso, que convierte las estrellas en simple azúcar. Pero enseguida el médico tuvo que dejar a su presa sobre la bandeja, porque ya por la boca asomaban las patas de nuevos ejemplares....

En algún momento de aquel proceso de extracción, entre “TE QUIERO” y “TE QUIERO” sus familiares perdieron la cuenta. Parecería que tenía el cuerpo a punto de reventar de tantos “TE QUIERO”. En realidad el médico dictaminó que había sido un auténtico milagro que no explosionara. Aquellos “TE QUIERO” eran pura dinamita. Permanecería unos días en observación para investigar el origen de tan curiosa infección.

Se quedó de mala gana. Para ella estaba claro el origen de aquella enfermedad, pero no le apeteció decir nada ante sus familiares. Sin duda aquellos eran los “TE QUIERO” que se le habían quedado dentro, cuando ya no pudo decírselos a él, porque se había ido. En un principio, se encerró en su casa de lágrimas, y pensó que su corazón se anegaba de odio. Pero con el tiempo, sintió como el amor retornaba. Como regresaban los recuerdos desterrados. Como su nombre se rehacía en su boca. Como su dedo daba empujoncitos al balancín de su sonrisa. Y entonces fue cuando el primer “TE QUIERO”, le floreció en el velo del paladar. Le pareció un acto inútil declamarlo contra las paredes. Pensó en zambullirlo en la bañera, y empujarlo hasta el fondo para que se ahogara. Pero era de esas mujeres que no reniegan del amor, aun en la ausencia del ser amado. Por lo que con el tiempo su cuerpo fue invadido por un ejército de “TE QUIERO”. Eran tan revoltosos, y montaban tanto barullo que no la dejaban descansar por las noches. En algunas ocasiones se apiadaban de ella. De las ojeras en las órbitas de sus ojos. De los bostezos deshilachados en su boca.... Entonces con voz melodiosa la acunaban, cantándole una nana en pos del sueño. Y se dormía soñando con el amor perdido, que ahora tenía el rostro de la niebla…..Como en ese mismo momento, sobre la cama del hospital.

Esa noche, por algún descuido, la puerta del laboratorio había quedado abierta. Circunstancia que aquellos “TE QUIERO”, que descansaban panza arriba sobre la bandeja, aprovecharon para huir de él. Al principio lo hicieron en fila india, pero, haciendo honor a su fama de indisciplinados, los “TE QUIERO” pronto rompieron la formación y se desperdigaron aleatoriamente por el hospital. Como tenían la costumbre de meter la nariz en todo, entraron en las habitaciones en las que dormían los enfermos. 

Uno de los “TE QUIERO” se posó sobre la frente de un niño, que dormía inquieto porque al día siguiente lo iban a operar. Y entre sueños pudo sentirlo como el beso tranquilizador de su madre. 

Otro voló hasta los labios de una mujer mayor, enferma de alzheimer. Por un momento en un destello regresó a ella el recuerdo luminoso de un amor de juventud. 

Un hombre, que afrontaba pacientemente las horas previas a  su muerte, recibió un par de ellos sobre sus manos ya exánimes. En su estado de inconsciencia fueron para él el consolador perdón de aquella hija con la que llevaba tantos años sin hablarse. 

Dos enfermeras que se amaban en secreto, sin atreverse a admitirlo, los sintieron rebotando en sus oídos. Creyendo cada una que aquella era la confesión de la otra, acabaron fundiéndose en un acalorado y apasionado primer beso. 

Aquella noche en aquel hospital, por extraño que pueda parecer, se dio la singular circunstancia de que Eros doblegó a Tánatos. Lástima que la chica permanecía dormida, sin conocer el milagro al que había dado origen. Ignorando que, finalmente, un "TE QUIERO" nunca se dice en vano.

jueves, 21 de julio de 2011

ANDARES




Desde ayer no dejo de acordarme de Helena. Mil veces amada....




Son mis pasos tan huérfanos sin ti
que calzan agujeros y no huellas

He perdido la comba del horizonte
hasta romperme la crisma del corazón
Pero antes he robado un fajo de nubes
para que adornes tus cabellos
y mi hoguera
y mi pelambre

Amarte es un deporte de riesgo,
viaje de regreso a Ítaca,
morder con el hambre de una estrella,
llorar manchones de tibio atardecer

Oh, bella Helena
No en vano vistes nombre de tragedia
sobre tu cuerpo de cariátide

En él moran mis sueños cuando mueren….

Sueños soñados en el cáliz de tu abdomen

martes, 19 de julio de 2011

POR UNA CABEZA

Marc Chagall
Desde que vi este video de Damien Rice siempre quise escribir un relato basado en esta historia. No sé porque hoy se me dio por tomar este hilo. Aunque finalmente me ha salido algo bien distinto. Creo que este cuento es especialmente fantástico, así que no lo creo demasiado apto para gente que le ponga trabas a su imaginación....






Ya de niña comprendió que era diferente a todos los demás. Esto no se debía sencillamente al hecho de que nunca hubiese tenido la cabeza sobre los hombros. Sino más bien al hecho de que su cabeza flotaba a bastante altura con respecto a las cabezas de las otras personas. De bebé solían amarrársela a la cuna, o a la sillita, cuando sus padres la sacaban a pasear. Los vecinos acostumbraban a pararlos por la calle, pero no podían evitar una congestión de horror en sus rostros, al comprobar que aquella niña no tenía la cabeza donde la tenía cualquier persona decente. Y que en realidad ésta era aquel objeto que flotaba sobre ellos, y que al principio todos confundían con un globo.

Cuando comenzó a caminar se la ataron por medio de un piolín de color azul a su dedo índice. Tenía que tener mucho cuidado con que el hilo no se rompiera, y su cabeza saliera volando. Además, como precaución, sus padres siempre le cosían unos plomos a los vestidos. No fuera a ser que a aquella cabeza ingrávida se le ocurriese ascender llevándose a rastras aquel cuerpecito menudo.

Al principio tuvo que soportar las burlas y las falanges acusadoras de sus compañeros. Pero con el tiempo se fueron acostumbrado, y comenzaron a considerarla como una excentricidad más en una familia ya de por sí excéntrica. Su padre era pintor de cielos. La madre se dedicaba a zurcir animalitos en los corazones rotos. Elefantes, musarañas, pangolines, manatíes, gatitos negros que acostumbraban a posar como esfinges….Todo esto según el nivel de extravagancia del depositario del corazón roto. 

Hemos de decir que esta circunstancia marcó profundamente su vida y su carácter. Desde pequeña pudo observarse en ella una exagerada tendencia a la abstracción. Le costaba mucho mantener la atención en personas cuyas cabezas se encontraban tan cerca del suelo. Por lo que se entendía mejor con las aves o las mariposas, quienes acostumbraban a revolotear a su alrededor. Con el tiempo la gente empezó a anticipar su presencia por la proximidad del canto de los pájaros que casi siempre la rondaban. Éstos solían obsequiarla con ramitas o flores silvestres, que colocaban con candor entre su pelo. Por lo cual tenía el aspecto de una ninfa o un hada del bosque.

Se puede decir que tanto su infancia como su más temprana adolescencia, transcurrieron felices, aunque siempre estuviese “con la cabeza en las nubes”. Pero todo cambió cuando conoció a determinado joven “ con los pies en el suelo”. A priori no hallaríamos razones para explicar el hecho de que Aldo-que así se llamaba áquel- reparara en Aissa-nombre de la joven con “la cabeza en las nubes”. Aparte de que Aissa llamaba la atención allá por donde iba…. Se encontraron en el bosque, una tarde en la que ella inspeccionaba unos árboles y trataba de decidir cuales serían las mejores ramas para que sus amigos los pájaros construyeran sus nidos, una vez de regreso de su viaje migratorio estacional. No es que aquella fuera una actividad indispensable, pero le ayudaba a mitigar la nostalgia que siempre le invadía durante aquella ausencia. Mientras tanto, Aldo sumergía los pies en las frías aguas del río que rodeaba el bosque, recreándose en las caricias de la multitud de pececillos que brujuleaban a su alrededor. De vez en cuando con sus pequeños dientecillos le propinaban deliciosos mordiscos a sus tobillos.  Por lo cual no paraba de reírse, y todavía reía cuando Aissa se acercó a la ribera del río para mitigar su sed. Para ello había recogido el hilo del que pendía su cabeza, y la llevaba sujeta con su mano derecha, dándole de beber con la izquierda. La cabeza de Aissa mudó de expresión cuando percibió unos ojos fijos en ella, aunque su cuerpo todavía estaba centrado en la labor de darle de beber. Como mediaba tanta distancia entre el cuerpo y la cabeza de Aissa, a veces a éste le costaba responder a sus impulsos neurológicos. En cuanto se percató de aquella presencia, el hilo se le escapó de las manos, y volvió a tensarse. Pero en vez de elevarse hacia el cielo, como tenía por costumbre, la cabeza se desplazó horizontalmente. Quedando a escasos centímetros de Aldo, justo enfrente de él. En un primer momento Aissa temió que se asustara y se alejara corriendo. Pero Aldo era un joven con los pies “bien pegados al suelo”, así que apenas vislumbró el miedo dispuesto a abalanzarse sobre él, su razón arguyó una lógica para tranquilizarlo.

-Tu debes ser Aissa, “la joven de la cabeza en las nubes”, que vive en el pueblo vecino, y de la que todos hablan-dijo Aldo con tranquilidad.

-Sí-respondió ella, aunque aquello tenía más de afirmación que de pregunta-, soy esa la que todos hablan. Sin embargo también soy aquella que nunca habla de nadie. 

A Aldo le gustó el modo en el que Aissa había respondido a su pregunta, con aquel deje que él no podía reconocer, pero al que los demás daríamos el nombre de “ensoñación”. Aldo no estaba familiarizado con este término porque tenía los pies tan pegados al suelo que era incapaz de soñar. Sin embargo era un ser bastante curioso, y enseguida nació en él un interés muy especial con respecto a Aissa. Por lo que pronto se encontraron hablando distendidamente , sobe la hierba. A Aissa le gustó especialmente el despierto rostro de Aldo. Y un lunar que tenía en la pupila dorada, con forma de corazón. 

-No es un corazón-dijo Aldo-. Es una cruz.

Vaya-se dijo Aissa- he ahí el diferente modo de ver la vida entre una chica fantasiosa y un chico realista.

Sobre todo le sorprendía comprobar como en su presencia su cabeza gravitaba tranquila y concentrada. Porque por lo general como se distraía con facilidad, solía agitarse, de un lado para otro, como sobre el oleaje de un océano de corrientes improvisadas.

Como si hubiesen alcanzado un acuerdo silencioso, Aldo y Aissa comenzaron a encontrarse cada tarde, a lo orilla del río. Él solía leerle libros. Ella nunca había leído mucho porque su cabeza no paraba de girar y girar en el torbellino de imágenes que acudían a su mente y enseguida dejaba de estar atenta. Ahora, sin embargo, escuchaba la voz de Aldo, que de vez en cuando descansaba para que Aissa le explicara la marejada de sensaciones, los colores, lo olores-incluso el de la sangre en el fragor de la batalla-que le sobrevenían a medida que iban leyendo. Él solía pedirle que le contara lo que sentía desde aquella ventajosa posición. Que le hablara del lenguaje de los pájaros, que nada tiene que ver con sus cantos-los pájaros cantan porque son amantes de la belleza de sus propias voces, decía ella...-, sino que estaba relacionado con la vibración del aire con respecto al movimiento de sus alas. 

-Lo mismo ocurre con las ballenas jorobadas que se comunican con sus compañeras por medio de los golpes de sus aletas en el agua. E igual que los pájaros-podían ser no más que gigantescas aves acuáticas- también cantan, pero se desconoce el motivo de sus cantos. Quizás sólo canten por puro placer-dijo Aldo.

Aissa pensó que aquel último pensamiento de Aldo era demasiado “cabeza en las nubes”, para alguien con los pies tan bien asentados en el suelo. Y tanto la sorprendió y satisfizo éste que no se percató de que su cabeza había salido disparada hacia el rostro de Aldo, hacia la boca de Aldo, hacia los labios entreabiertos de Aldo, hacia la lengua juguetona de Aldo.  Precipitándose sin red en el síndrome del beso. Y tanto se besaron, tanto se mordieron, tanto dislocaron las sonrisas, tanto se ensañaron sus dientes, tanto se lamieron sus lenguas cada vez más indisciplinadas,… que no se dieron cuenta de la distancia que separaba la cabeza de Aissa de su cuerpo, ni de cómo se tensó el hilo sujeto a su dedo, ni de cómo este se rompió. Y en medio de un beso, los labios de Aissa se esfumaron de entre los labios de Aldo. Tan rápido que enseguida la cabeza estuvo a una distancia de unos metros, y fuera del alcance de las manos de Aldo, que pugnaban contra su propia gravedad para retornar a su boca la boca amada. La vio elevarse, hasta rebasar las copas más altas de los árboles, los picos más elevados de las montañas, el límite indefinido entre el cielo y la tierra. Cuando la perdió de vista ya la luna asomaba, y se imaginó que Aissa llegaría tan alto como para habitar junto las estrellas. Y se preguntó cuanto tardaría en aprender los signos de su lenguaje. Pero de pronto tuvo frío y volvió a sentir sus pies bien asentados en el suelo. Entonces pensó qué podía hacer con el cuerpo de Aissa que permanecía inerte en el suelo. Se sintió muy cansado, y temió que ella tuviera frío, así que pasó sus brazos por aquel cuerpo del que la vida había literalmente volado, junto con la cabeza. Y a pesar de lo que había pensado antes, sintió que por muy pegados que tuviera sus pies al suelo, a partir de ese instante siempre cabría la posibilidad de que la tierra comenzara a temblar bajo sus pies. 

Al día siguiente le pediría a la madre de Aissa que zurciese una ballena jorobada en los agujeros de su corazón roto.









lunes, 18 de julio de 2011

PALABRAS EN LOS BOLSILLOS

Imagen extraída de la web. Desconozco al autor




El poeta tenía los bolsillos llenos de palabras pero ninguna moneda. Como era su costumbre permanecer gran parte del día en la taberna, escribiendo, Adriano, el patrón, solía rondar su mesa, advirtiéndole que esta vez más le valdría encontrar algo de pecunia para saldar su cuenta, en aquellos bolsillos agujereados de poemas. A esto los parroquianos siempre le reprendían diciéndole que dejara en paz al chiquillo, que no hacía mal a nadie. Lo único darle  algo de gracia al local, declamando versos como pámpanos, espolvoreando palabras como virutas, que lo impregnaba con aquel tenue olor a madera,  que a todos reconfortaba. En especial a Isabella, la mujer del tabernero, a la que el poeta saeteaba el corazón con dardos envenenados de sonetos. Siempre a las espaldas de Adriano, momento que aquella musa traviesa aprovechaba para rondar con sus alegres andares  la mesa-parnaso en penumbra. Todos sabían que el tabernero era extremadamente celoso, aunque hombre de bien.  Por lo que en muchos había calado la sospecha de que a veces les daba las espaldas concienzudamente. 

Entretanto las palabras se dislocaban y enloquecían sobre el papel en blanco. Saboreaban con delectación esa libertad que sólo encuentran en la hoja virgen en la que nada ha sido dicho. Garabatos en un cielo límpido e indefinido. Palabras saltimbanqui y circense, que se escabullían de los bolsillos del poeta en tirabuzones y acrobacias. A su paso los campos se tornaban más verdes, los caminos más pedregosos. Las puertas se volvían bocas, y las ventanas trocaban en ojos. Los enamorados recogían las que se le iban cayendo del bolsillo, y como fragantes flores se las ofrecían a sus enamoradas. Fortuitamente,  en la distancia entre ambos cuerpos, mediaba ahora una galaxia de menos. Los niños las montaban a horcajadas, pues en su presencia se transformaban en irrefrenables pegasos, y quemaban dulcemente entre los dedos, como el flamígero corazón de un dragón. Aquel que sólo halla cobijo en la mano del héroe. 

Hubo una época en la que el poeta estuvo consumiendo sus palabras copiando escritos en una escribanía. La mayor parte del tiempo éstas hacían alarde de su rebeldía. Echaban la lengua desde los documentos más graves. Torcían con sus aspavientos los más rectos renglones. Le hacían carantoñas y  por mucho que éste les rogase, se negaban a colocarse en fila india. El escribano, que era amigo de su padre, fue incapaz de erigirse en santo Job, a pesar de la paciencia que quiso mostrar en nombre de aquella amistad. Por lo que finalmente tras una de las acostumbradas reprimendas lo puso de patitas en la calle. A pesar de esto el poeta no paraba de reírse y de rascarse. Pues las palabras se entretenían en la muy sana competición de ver cuál era la más rápida en escalar desde su espalda a la cima de su nuca. Así que no dejaban de cosquillearle con aquellas manos y piecitos negros. Hemos de decir que no todas las palabras hacían trampas, pues había algunas que competían con honor. Pero en realidad la mayoría eran de naturaleza más bien truhán.

Después de esto su padre renunció a hacer de él un hombre de provecho. Por lo que pasó a rebajarle en el árbol familiar de la categoría de “hijo” a la de “oveja negra”, junto a otros nombres merecedores de tal lugar en tan ilustre familia. 

Era el amor el lugar en el que al poeta se le desparramaban sin mesura todas las palabras que vivían en sus bolsillos. Al besarla, una mano subrepticia hurgaba en ellos y las extraía a puñados, para derramarlas sobre sus cabezas enamoradas, como si fueran confeti. En el lecho las palabras se quitaban las ropas y hormigueaban en deliciosos orgasmos, sobre sus pieles. Se introducían en todas las rendijas. Se propagaban como cometas en la noche de sus cuerpos….

Pero inevitablemente llegaba el desamor, y las palabras agachaban las cabezas en lo más profundo del bolsillo. Cuando el poeta las llamaba para componer con ellas exaltados versos de tristeza, se negaban a contestarle. Así que al final las arrancaba a la fuerza, aunque aquellas se resistían a salir, agarrándose con insistencia a las costuras. Cuando por fin emergían a la superficie lo hacían cubiertas de un moho verde, y enllagadas. El poeta tenía que pasarse días limpiándolas amorosamente, curándoles las heridas, mimándolas. Y en ese proceso sanador el poeta acababa por comprender que el amor jamás moría. Ni siquiera en la falta o la ausencia del ser amado, aunque sea en su presencia donde halla su culmen. Porque como alguien dijo una vez “el amor y la belleza son el mismo camino”. Y sin duda ese es el camino del poeta.  Por donde se conducen más felizmente sus palabras.



domingo, 17 de julio de 2011

EL ÁRBOL QUE NUNCA DABA NADA. NI FRUTOS, NI FLORES

"Paseo a la luz de la luna" Vincent Van Gogh






Un día, al candor de la luna, vio como florecía un espíritu en uno de los árboles del jardín. Era aquel un espíritu de rostro extremadamente pálido, y ojos remolino. Al mirarlos uno sentía como algo tiraba de él hacia el fondo de las aguas.
Todo esto lo supo después, cuando salió en la noche, sin más compañía que las sombras, a cerciorarse de lo que había visto desde la ventana.

No sabría decir qué la despertó del sueño. Pero de pronto algo, como una mano, la devolvió a la vigilia. Se dio cuenta de que aquella noche se había olvidado de bajar la persiana. En la ventana gravitaba la luna. No vio estrellas y le pareció que el cielo había cerrado sus párpados. “Es el cielo un animal con infinitos ojos”-pensó absurdamente. “Seguramente sea omnisciente…Ocupa una posición tan privilegiada como para verlo todo. No es extraño que alguna vez le dé un descanso a sus ojos. Lo extraño es que el suyo no sea el rostro del horror, que nunca lo veamos llorar. ¿Cómo serán las lágrimas que brotan de unos ojos de estrella? Sin duda serán luminosas, como celestes luciérnagas…..”Esto pensaba mientras apoyaba las manos contra el cristal, para atisbar en la noche. Entonces fue como al amparo de la luna pudo ver al espíritu abriendo sus pétalos. Al salir al jardín y acercarse al árbol del que tan extraños frutos florecían, se percató de que el espíritu era todavía un brote tierno. En su rostro se dibujaba el espanto de lo recién arrojado al mundo. Había algo en su expresión que te hacía pensar en un bebé, aunque sin duda, se trataba del espíritu de un hombre adulto. Se estuvo mucho tiempo mirándolo. Hasta al amanecer, cuando con el nacimiento del sol, pudo ver como cuajaban en su piel las gotas del rocío. Justo antes de que el espíritu se desvaneciera.

La noche siguiente, en la endecha de la luna, de nuevo pudo ver al espíritu pendiendo del árbol. Volvió a salir para acercase a él. Se zambulló sin miedo en la angostura de sus ojos. “Los espíritus siempre tienen el rostro afligido”, pensó. Pero aquella tristeza la calaba, como el fragor dulce de una lluvia. Sintió un enorme deseo de tomar su cara con manos consoladoras. Pero todo el mundo sabe que un espíritu es un ser inmaterial. Siempre había pensado que estaría hecho de transparencias. Y a aquel lo definiría más bien como un ser translúcido. Por lo que no quiso evitar deslizar una caricia, lenta, desde la oreja hasta la salpicadura del mentón. Su tacto era tenue, corpuscular, como a punto de desintegrarse en miríadas de pequeños tactos. Él se solapó a su caricia como un gato.

-¿De dónde vienes espíritu?-Preguntó ella

-No puedo decírtelo…Sólo sé que soy al clamor de la luna. Un ínfimo ser desgajado de su brillo-contestó el espíritu con su voz fosforescente, toda hecha de vaho.

-Así parece, porque toda tu piel brilla como si estuvieras hecho de su misma materia…-miró al cielo y con los brazos en alto exclamó-¿Por qué ¡oh diosa! me envías este espíritu en la noche? ¿Por qué lo haces crecer de este árbol que nunca hasta antes había dado nada. Ni frutos, ni flores?- Pero por mucho que esperó no obtuvo respuesta.

De vez en cuando una brisa se avenía a acunar al espíritu, en su lecho de hojas. A pesar de aquellas formas de hombre, ella no dejaba de percibirlo infantil e indefenso. “¿A qué temen los espíritus? Sin duda no temerán a la muerte…” Le cantó una canción que había inventado siendo niña, cuando dormía al refugio de un campo de girasoles, cabizbajos y contritos en ausencia del sol.

-Es bonito eso que cantas-dijo el espíritu.-Pero yo nunca podré ver el espectro solar. Ni su disco alzándose en el trono del cielo. Eso me pone triste. Porque es en la presencia del sol cuando el mundo despierta. Cuando las flores se desperezan. Los pájaros se cuelgan del azul. Y las mujeres con sus vestidos de colores ornan los campos. En la noche todo es homogéneo, como un océano en el que han cesado de bailar las olas….

-Sí, es verdad…..Siempre se ha sabido que los espíritus no son seres diurnos. Y más tú, que eres hijo de la luna. Sólo los sueños habitan de colores la noche….

-Pero es inútil. Los espíritus no sueñan. Para soñar es necesario fluir, y sólo lo vivo fluye. Un espíritu es un ser inmutable. Excepto por ese vaivén de apariciones y desvanecimientos…

-Y antes, cuando te he acariciado ¿has sido capaz de sentir algo?

-He sentido el calor de la sangre agolpándose en tus dedos. Como si con cada uno de tus latidos cincelaras mi rostro, y lo vistieras de carne. Y ahora no puedo dejar de percibir pequeñas partículas de tu piel prendidas en él. Temo que sean efímeras como copos de nieve. Casi quiero pedirte que me acaricies de nuevo, antes de que se derritan…

Ella tomó su rostro con las manos, y alzándose en las puntas de sus pies, depositó un beso en la alta frente.

-Y ahora ¿qué sientes?

-Un círculo de fuego abrasándome la frente. Hasta el día de hoy he permanecido invariablemente en el frío. Me gusta este calor de llamas que titilan. Siento en mi frente el peso de una estrella…

-Me gustaría abrazarte, pero no puedo mientras permanezcas incrustado a esa rama.

-Sólo tienes que alzarte como hiciste antes, y desprenderla con tus manos de mi nuca

-Pero, ¿no te desvanecerás?....-temió ella

-No, mientras permanezca dentro del resplandor de la luna

Tal y como el espíritu le había pedido lo desprendió de la rama. En cuanto ambos estuvieron a la misma altura ella le abrazó, con todos los espacios de su cuerpo.

-Es asombros le susurró él. Por fin siento donde están los límites del ser de aire que soy. Y a la vez siento que por fin fluyo, y mi expando. Como si al conocer dónde acaba mi piel, me hubiese sido desvelado lo lejos que puedo llegar…

Mientras permanecieron abrazados, se agitaron, como presos del compás de algún baile. De tal suerte que en los movimientos de ese baile traspasaron la frontera del halo de la luna, y de inmediato el espíritu se desvaneció.  Enseguida ella lo llevó de nuevo al resplandor. Pronto sus rasgos se dibujaron de nuevo.

Y allí, en el suelo, en un colchón que recortaba el halo de la luna, se acostaron, el uno junto al otro.

Yacieron juntos en una cópula sin sexo. Ella le inventó una piel con la suya, un olor tejido con su propio aroma, un sabor cuyo epicentro estaba en su propia lengua. Recorrió cada centímetro de aquel cuerpo de aire, con su aliento, sus labios, sus dientes…Y podía sentir como aquella masa sin peso y sin carne, se estremecía, y se ondulaba entre sus brazos, como cualquier humano.

Cada noche repitieron los encuentros. Ella se pasaba la noche tejiéndolo, para que el arribo del sol lo destejiese. Pero observó que a medida que se iban sucediendo las noches, la imagen se volvía más tenue. La voz emergía más lejana. Lo único que no cambiaba eran el estremecimiento y la ondulación que se producía en aquella materia, cuando ella lo tocaba.
Hasta que un día la luna ya no era más que un gajo de luz en el cielo. Ni siquiera eso. Tan solo el perfil de un gajo de luz….Casi no podía ni verlo, ni escucharlo. Por eso ella puso todo su ímpetu en tocarle. Porque sólo sentía su presencia, pura, en aquellas ondulaciones en el aire. Él se acercó al oído, y con apenas un hilo de voz le dijo:
-Mañana no podré volver, porque la luna se habrá ocultado el rostro con el velo del cielo. Lo peor de todo es que no sé cuando regresaré. Porque no hay muchas lunas capaces de hacer florecer espíritus de los árboles. Eso sí, cuando esto suceda, le suplicaré a mi madre que sea en tu jardín.
Con la llegada del amanecer se desvaneció del todo. Llevándose puesto en esa piel, que no era piel sino aire, el envés de sus lágrimas cuajadas junto a las gotas de rocío.

Cuando por fil arribó la siguiente luna, nada floreció en aquel árbol que nunca daba nada. Ni frutos, ni flores. Transcurrieron semanas, meses, años. Y la joven continuó esperando, hasta que un día conoció a un buen hombre, y se casó con él. Aun así sus ojos siempre estaban pendientes del cielo, y los ciclos lunares.

Y una noche sintió como una mano la arrancaba del sueño. Se incorporó, y aunque la persiana estaba cerrada, no necesitó mayor evidencia que la que anidaba en su pecho para abandonar el lecho y al hombre que dormitaba en él. Y mientras caminaba por el jardín, se complacía en mirar al suelo, demorando ese momento tan dulce, ese dolor tan placentero, previo al instante en el que levantara la cabeza, para encontrarse con el remolino de los ojos de aquel espíritu que abría sus pétalos al amparo de la luna. Florecido de una de las ramas de aquel árbol que nunca daba nada. Ni frutos, ni flores.







viernes, 15 de julio de 2011

ECO

"Eco y Narciso" Nicolas Poussin






Un día decidiste ser Eco. Recuerdo perfectamente aquella mañana. Al despertar , en la huella de tu cuerpo todavía tibia sobre el colchón, se había posado  como un pájaro aleteando, una hojita de papel , blanca, doblada, sin rencor. Me pareció que picoteaba. La tomé, y, como todo, olía a ti. O quizás eso lo pensé después, cuando, tras leerla, me dispuse a iniciar mi rutina de cada mañana de domingo. Siempre has tenido un olor que se adhiere a las cosas. La casa, el coche, mi propio cuerpo,… una vez te apostas en ellos ya son indivisibles de tu aroma.  Incluso el agua de la ducha es incapaz de borrarte de mi piel. Yo pensé que con el tiempo tu olor sería como el latido de mi corazón, tan costumbre que apenas perceptible…

Quizás aquella mañana me enjaboné con más brío de lo habitual. O quizás no, y apenas me enjugué con un poco de agua. No lo recuerdo… Tampoco sabría decirte nada acerca de las noticias que aquel día leí en la prensa. Ni el artículo del que me estaba ocupando, entre sorbo y sorbo de café, cuando de pronto recordé la única palabra escrita en aquella hoja, que ahora parecía haber volado, blanda, hasta la mesa…. NARCISO. Y aunque en un primer momento aquel nombre no me había sugerido nada, apenas una flor, esta vez una escena del pasado vino enlazada al brío incontestable de sus letras. 

Estábamos tú y yo en el Louvre. Era aquella la primera etapa de nuestra amor, y pasábamos unos días en París, a la que contemplábamos con ojos ebrios,  y el corazón en carne viva. Cada arista de la ciudad, cada uno de los requiebros de cada una de las escayolas, parecía ser diseñado para ser profanado con uno de nuestros besos. Un balcón era una caricia. Las aguas del Sena una excusa para enlazarnos en un abrazo, apoyándonos ligeramente en la barandilla de alguno de sus numerosos puentes. “Nuestro amor es la luz atravesando el Rosetón de Notre Dame”, dijiste. “Sin la luz los colores del rosetón permanecerían áridos, opacos. Sin el amor, nuestros cuerpos languidecerían marchitos…”. Yo asentía a todas tus locuras, en un perpetuo “andar descalzos por el parque”.  En aquella ocasión, ante el cuadro “Eco y Narciso”, pintado por Nicolas Poussin, me dijiste con el rostro contrito, que siempre habías tenido mucha lástima de Eco. Explicaste que la desdichada Ninfa había sido condenada por Hera a vagar invisible, repitiendo las últimas sílabas de las voces de los otros-castigo muy duro para ella que siempre había sido muy parlanchina-. Y que en tales circunstancias se enamoró de Narciso, quien-incapaz de amar-la rechazó, causándole una herida que la obligó a recluirse por toda la eternidad en una cueva.

-De nada le hubiese servido tener el más hermoso de los cuerpos, o la más desbordante de las elocuencias. Más le hubiese servido convertirse en espejo, o en las aguas calmas de un estanque. Narciso sólo tenía ojos para sí mismo-sentenciaste.

En aquel momento, con aquella hoja de papel que ahora pendía entre mis dedos, me percaté del mucho tiempo transcurrido sin rememorar, sin hablar, de aquellos instantes de París. Quizás cuando en el amor el presente es anodino e ingrávido, uno se resiste a hablar de los tiempos felices, y del peso de los suspiros adornando la cabellera del otro. Una vez también dijiste “tengo el cuerpo lleno de suspiros. Siento su peso por aquí dentro-mientras, te acariciabas el vientre desnudo, de forma ascendente, hasta llegar a la frontera de tus senos-, y tengo que abrir la boca para expulsarlos…A veces debo ser muy parecida a un pez. Los arrojo contra ti, y es curioso lo ligero que parecen cuando emergen de mi cuerpo, teniendo en cuenta lo mucho que me pesan y el lugar que ocupan…”

Así que “Narciso”-me dije- como mensaje era bastante claro. Quizás en los últimos tiempos me había recluido en mi mismo. Siempre he sido un hombre solitario, tú lo sabías. Sólo el amor y la pasión me arrancan de la cárcel de mi ombligo. Pero soy muy inconstante en mis pasiones. Tiendo a la abstracción, o a la distracción, no sé…Como un pez abisal me siento a gusto campando por aguas profundas.

Me pareció que toda esta historia era un toque de atención. Por lo que fui a junto de tu amiga Marga, imaginé que te habrías refugiado en ella. No me sorprendió cuando mirándome aviesamente me dijo que no sabía nada de ti. No me pareció que mintiera, pero tampoco podría estar seguro. Nunca nos hemos caído bien, tú lo sabes….  Después fui a junto de tu “querido Jorge”. Este pareció preocuparse. “No es propio de ella”-me dijo. Pero quién se creía él para determinar lo que es o no es propio de ti…
Tu hermana Estrella puso rostro de “ya te lo advertí”, y me dijo que me tranquilizara, que seguramente querrías darme un escarmiento. Me fui a casa y me limité a esperarte.

La vida como pez abisal es sumamente sencilla. La mayor parte del tiempo permanezco con las aletas extendidas sobre la arena, sintiendo el peso del agua sobre mi cuerpo. Puede que hayan pasado meses, pero en las simas oceánicas uno tiene distinta percepción del paso de los días y las horas. Podría determinarlo por el timbre de la puerta que suena periódicamente -no sabría establecer las razones que me han llevado a pensar esto, pero estoy convencido de que es así, quizás por esa creencia que tengo de  que las personas tendemos a establecer rutinas-. O por el sonido del teléfono al que le sigue su inseparable compañero “mensaje en el contestador”. Pero para mí ambos no se diferencian en nada de esa lluvia que golpea mi ventana y a la que observo desmembrarse, gota a gota, sobre el cristal. Meros fenómenos atmosféricos.

He de decirte que no fue difícil aceptar que no estaba solo. Siempre he sido demasiado impresionable, lo sabes. Mi fantasía no precisa de demasiados estímulos externos para agazaparse sobre mí. Todo comenzó con el tema de tu aroma, que no terminaba de desvanecerse de las cosas. Por eso, poco a poco, dejé de acudir a lugares donde la vida no olía a ti. Ahora duermo calzándome la huella de tu cuerpo, que cada noche se funde con la mía en una cópula que se prolonga hasta el día.  Además así no percibo vacío tu lado de la cama. Me aferro a tu almohada y aspiro lentamente la fragancia de tu pelo. Al principio aun encontraba un rastro hecho de cabellos que te dejaste en las sábanas, como las escamas sobrantes de un pez. Acostumbraba a sostenerlos entre mis dedos, estirándolos y enfrentándolos a la luz, que los lamía. Luego los metía en mi boca y engullía. Me imaginaba que su destino era el mismo que el de tantos otros de tus cabellos, que a lo mejor se rompían cuando te besaba la cabeza, o cuando mis labios y mi lengua se zambullían en tu sexo. De vez en cuando también encontraba un espécimen de vello púbico, y entonces las ingles se me volvían de agua y no tenía otro remedio que masturbarme…

Deambulaba por la casa, buscándote. Me sumergí en los álbumes de fotos, en la dulzura del te con una nube-pequeño oasis en tu tarde-..Cocinaba tus platos favoritos, y servía “nuestro merlot” en dos copas de cristal. De esas grandes en las que yo veía con placer como tú sumergías tu naricilla engastada, y que al final de la velada siempre quedaban emborronadas por tus huellas dactilares. Desventajas de la crema de manos, decías... Me encantaba esa gracia con la que te ibas adentrando por la ebriedad. Te ponías graciosilla, y no parabas de hablar de ese modo hipnótico que sólo encontramos en los libros, o en personas realmente extraordinarias o excéntricas. Al final acabábamos haciendo el amor a codazos porque el alcohol nos trasformaba en unos animales salvajes bastante torpes, y nuestros orgasmos acababan estallando entre risas y pequeñas burlas hacia el otro.

Y un buen día me percaté de que una presencia me rondaba. Durante los últimos tiempos siempre me parecía escuchar el sonido tenue de unos pasos tras de mí. Por supuesto al volverme nunca encontraba a nadie. Y a veces  llegaba a sentir como una masa de aire se desplazaba, acariciadora, a mi lado. Las cortinas oreaban sin excusa, pues no existía corriente alguna que pudiera hacerlas balancearse, como un piélago que se estremece al sentir la mano del aire. Incluso mientras leía me parecía que una cabeza se apoyaba románticamente en mi hombro. Tal y como tú solías hacer. Pero lo que terminó por convencerme fue aquella ocasión en la que mientras bebía, rompí tu copa. Solté una maldición de la que una voz tras de mí comenzó a repetir las últimas sílabas, como quien encadena la melodía de un canon. Aquello no me sorprendió, sólo despertó en mí una gran curiosidad.  Poco a poco fui sometiéndola a pruebas, y siempre sentía la presencia de esa voz que acariciadora repetía las sílabas finales en torno a mi oreja, tan estimulantes como pequeños ósculos. Y con júbilo llegué a la conclusión de lo que había pasado. Tú nunca te habías ido, simplemente había caído sobre ti la maldición de Eco, e invisible y condenada a repetir las últimas sílabas pronunciadas por otros seres, deambulabas a mi alrededor, como si yo fuera Narciso. Por eso, lo último que debiste hacer antes de desvanecerte fue escribir ese nombre en una nota, como una pista para mí de lo que estaba sucediendo. Me sentí aliviado, tú no me habías abandonado. Continuabas ahí, aunque mis ojos no pudieran verte, ni mis manos tocarte. Lo único que puedo hacer es hablarte, decirte, exclamarte. Y eso es lo que hago todo el tiempo. A veces también juego a preguntarte, con una esperanza loca de que algún día llegue el milagro, y coger al destino en un renuncio. Lo único que obtengo son repeticiones, y ninguna respuesta. Pero siento que hasta cierto punto eso no importa. Porque después de tantos años de ostracismo la ninfa Eco ya no está sola en su condena. Quizás finalmente los siglos la han ablandado y Hera se ha apiadado de ella. Y en compensación el corazón de Narciso ya no es inmune al amor, y ha decidido redimirla compartiendo suplicio y oscuridad en el aislamiento de aquella cueva. Dos peces abisales recostados el uno junto al otro en la arena de una llanura oceánica. Sólo de vez en cuando abren la boca para exhalar un suspiro, y liberar un peso que sienten por la zona del vientre. Plácidamente los observan transformarse en pequeñas burbujitas ascendentes que decoran el mar . Y como peces abisales que son no suelen pararse a pensar en esa voz usurpadora que periódicamente le habla a mi contestador , implorándome una respuesta, y que dice llamarse por tu mismo nombre. Ya sabemos qué se suele decir de la memoria de los peces…


jueves, 14 de julio de 2011

TU BOCA

Boquita turbadora





Todo se condensa
en la curvatura de tu boca
Allí es donde convergen,
en su baile,
las olas del incesante océano
Donde moran su destierro las nubes
Y también allí
va a morir el arco iris

Tu boca está llena
de aleteos de pájaro
de migajas de ángel
de ósculos maduros
que recolecto en mi canastilla

Tu boca toda hecha de un magma
transparente y sabroso
de canción de cuna
de olvido y nacimiento

Tu boca
materia corpuscular
Grieta
en el espacio-tiempo
Ella
capaz de cambiar
la ubicación de los planetas
Una palabra de esa boca
y el caos se impone
la cabeza rueda
o el muerto anda

Tu boca
de la que quiero
hacer mi ataúd
todo clavado de besos
mordiscos
salivas

Ponerme tu boca
como un vestido nuevo
el Domingo de Ramos

Tu boca
que se concilia
con esta sed
(loba feroz)
de mi boca









martes, 12 de julio de 2011

DESPERTARES




Vestimos el amor con ropas viejas
y párpados ciegos

Dibujamos en la corteza de un cedro
un palpitante corazón
que bombeara sangre
a nuestros nombres

Compramos cuatro angelitos
para que guardaran
las cuatro esquinitas
de nuestra gimiente cama

Izamos las sábanas
al fresco,
religiosamente,
al llegar la mañana
Y nunca ondeó a media hasta la bandera

Aun así no puedo entender
este rastro a cenizas
que se desprende
en cada beso
Ni que a veces me despierte
en la noche
con la boca llena de larvas

¿Será la luz de nuestro amor
el espectro de una estrella ya muerta?

lunes, 11 de julio de 2011

PUZZLE

Pintura: Laxeiro


Este texto lo escribí en relación a mi entrada de esta mañana. No se trata de tomar partido, sólo un divertimento que resulta de llevar las cosas a un extremo. Fantasía pura...





Un buen día una mujer encontró a un hombre de una pieza-aquí puntualizo, “encontró”, porque generalmente son las mujeres las que encuentran a los hombres-.Y vio que sus ojos se acogían en la mirada del hombre. Sus risas armonizaban con la carcajada del hombre. Y el sexo danzante del hombre imprimió su ritmo a la grieta impaciente de su sexo.

Después del baile se tendieron juntos sobre la hierba. Él le acariciaba el pelo...

-¿En qué piensas?-preguntó ella.

-En nada. Bueno….-aquí el hombre se enmendó porque los manuales enseñan que esa es una pregunta con trampa-En tu pelo.

-¿En mi pelo? El pelo no se piensa…-contestó ella

El hombre creyó llegado el momento de comenzar a poner en juego toda su artillería, y dejó al cabello de la cabeza de la mujer descansar en su placidez de cabello que no se piensa, e hizo avanzar la infantería de su boca a través de aquellas dos turgentes colinas de sus senos, bordeo el pozo del olvido ubicado subrepticiamente en su ombligo, y tomó posición en el bosque del sexo, en el que su lengua-siempre en vanguardia, pues era talentosa y temeraria- se hizo valer en hazañas que el hombre pensó que deberían ser transcriptas con tinta indeleble en los anales de la patria. La mujer durante todo este tiempo estuvo elaborando la lista de la compra, ensañándose en un comentario de su jefe que ella hubiese deseado que algún valiente se lo hubiese introducido-con gran escarnio- por “sálvese la parte”, y recordó que se había olvidado de ponerle de comer al gato. Sólo en el momento del orgasmo se hizo el silencio, y se sintió retornar de él como una mujer nueva. El primer alba de un mundo recién nacido. Una flor silvestre abriéndose en una alfombra de hierba. E intuyó que quizás con ese hombre se quedaría para siempre.

Pero pronto comenzó a mosquearle que aquel hombre fuera de una pieza. ¿Qué iba a hacer el resto de su vida con un hombre así? Comenzó a desmenuzarlo. El hombre se dejó hacer porque al fin y al cabo era hombre, y solía tomarse las cosas como se le presentaban, y aquella mujer era bella. 
La mujer fue separándolo en piezas más pequeñas. Y se pasaba las horas intercambiándolas de sitio, y llevando las piezas de aquel hombre, dentro de su bolso, allá a donde iba. A veces, cuando sentía aquella tristeza que la invadía sin razón-y las mujeres necesitan siempre una razón para todo, y no soportan esa clase de tristezas irracionales, locas-sacaba la pieza de la sonrisa de su bolso. Y contemplaba aquella sonrisa dulce, comestible, e inflamable-pues era como una mecha que prendía en su sexo-. Al principio se sentía feliz mirando aquella sonrisa, pero con el tiempo comenzó a pensar que aquella sonrisa también era irónica, burlona, incluso intrigante. Por lo que ya no la consolaron las comisuras de aquella boca, ni las dunas de aquellos labios. Y sintió como su corazón era mordisqueado hasta el último centímetro por los dientes de aquella sonrisa caníbal. Decidió entonces recurrir a la pieza de los ojos. Porque la mirada es una puerta al alma del otro. Aquellos ojos grandes, pardos, con un rubor verde enmarcando la niña. Las pestañas escarchadas. Tenían un mirar dulce, sincero, cercano. Sin embargo en ocasiones miraban al horizonte, soñadores. ¿Con qué soñarían esos ojos? Quizás con el pasado perdido, o a lo peor, miraban al futuro, a la posibilidad de una nueva vida lejos de ella. Definitivamente, sólo le gustaban sus ojos de presente. No le gustaban sus ojos nostálgicos, ni sus ojos soñadores. Por lo que también descartó los ojos. Y así sucesivamente comenzó a encontrar peros a cada una de aquellas partes, y recordó lo mucho que le había gustado el hombre de una sola pieza, antes de haberlo desmontado. Decidió reunificarlo. Amontonó todas las piezas sobre el manto de hierba en el que habían yacido por primera vez y con cuidado las recolocó una por una. Fue una tarea ardua, que le llevó demasiado tiempo. Algunas piezas parecían no encajar, como si hubieran mudado de tamaño, y fueran más grandes o más pequeñas que el hueco previsto para ellas. Finalmente la figura del hombre resurgió, pero le faltaba el brío del primer momento. Parecía incómodo en su piel, como si al experimentarse por partes ahora se sintiese aprisionado en su propio ser. Ella le miró, pero no encontró hueco en su mirada. Se rió, pero su carcajada desentonó en el silencio. Trató de hacer bailar a su sexo, pero lo encontró taciturno y poco rítmico. 

-¿En qué piensas?-preguntó ella.

-Pues pienso-dijo-en que yo era un ser de una pieza, y eso no te bastó. Es una lástima. Una vez leí que la Escuela de la Gestalt dice que el todo es más que la suma de las partes. Pues bien, tú has sumado mis partes, pero yo siento que a mí ahora me falta ese “más”. 

Entonces él se levantó, y tras un último y conmovido beso se alejó de ella, renqueante, pues recordemos que había quedado descoyuntado. 

La mujer permaneció triste, pensando en que siempre se aprende algo nuevo e inesperado. Porque nunca hubiese imaginado que a la sempiterna pregunta de toda mujer al hombre amado “¿en qué piensas?” hubiese preferido entre todas las respuestas “en nada”.

domingo, 10 de julio de 2011

DOMINGO EN LA MAÑANA



Pintura: Urbano Lugris





Y el hombre que tan desnudo en la vida está, tan a la intemperie, ha de dejarse arropar por el viento, amamantar por la lluvia, y cesar de esconderse en sus sofisticadas cuevas. Él con su sexo danzante al aire, debería dejar de cubrírselo por montañas de informes, y de rutinas. Dejar de vestir esos trajes de papel moneda. Un día de estos terminará de perderse en ese sucedáneo de vida que la sociedad inventa por él. Y ya no sabrá amar, ni sabrá llorar. Quedará helada la noche en un grito silencioso y desgarrado. Caerá una lluvia de poemas que no serán leídos por nadie. Los árboles se arrancarán las hojas de ominoso luto. Y ya no habrá valientes en la hora de la muerte. 




A veces me sorprende la metáfora que puedo leer en nuestros sexos. He dicho, “hombre con sexo danzante al aire”, y entiendo que todo en él es así. El sexo del hombre está a la luz. Sin embargo el sexo de la mujer está escondido, para llegar a él hay que empaparse de oscuridad. Por mucho que uno penetre en él, se moje en él, por mucho que uno lama, lo estimule, o se derrame en él, hay lugares que nunca abandonarán la tiniebla, que permanecerán sumidos en el misterio, a los que sólo adornarán con su brillo las estrellas que se erigen en el orgasmo, pero con esa luz fantasma que es toda estrella. Incluso para ella misma esos son lugares desconocidos, ignotos. La mujer carga en sus entrañas con el peso de esos misterios. Y quizás por eso lo complejizamos todo, porque nuestra misma sexualidad es compleja. Y no aceptamos esa desnudez, y esa simplicidad (aclaro, no es peyorativo. No entiendo por qué se tiende a infravalorar lo simple) del sexo masculino. A veces no vemos a los hombres, sino que los inventamos. Sus frases nos parecen cargadas de segundas intenciones. No entendemos de qué se ríen los hombres porque no podemos aceptar lo que a nuestros ojos es simpleza. Cuando se nos acercan siempre tiene que haber una segunda o una tercera razón. Cuando se alejan, quizás haya una cuarta o una quinta. No aceptamos a los hombres como son. Siempre tratamos de cambiarlos. Tenemos demasiado presente al príncipe azul, y al hombre que tenemos entre manos tratamos de encajarlo en ese molde. Y nos sentimos frustradas cuando las piezas nos encajan. Nos enfurruñamos y ellos nunca saben el porqué. Pero ellos aceptan con mayor facilidad nuestras locuras, que a veces el amor es un campo de batalla en el cual hay que izar una bandera blanca. Creo que no suelen plantearse las razones por las que están a nuestro lado, y que piensan que para nosotras debería ser suficiente el hecho de que estén aquí. Pero para nosotras nunca nada es suficiente. Y no aceptamos que se limiten a bajar los brazos en esa ardua tarea de entendernos. Pero ¿cómo hacer de lo simple complejo? Y lo que es peor ¿por qué hacerlo? Y no aceptar que la mayoría de las veces ni nos entendemos a nosotras mismas….
Claro que seguramente en todo esto esté bastante equivocada. Disculpen, no es más que una mera elucubración de un anodino domingo en la mañana, y una excusa para poner un cuadro de Urbano Lugris.

viernes, 8 de julio de 2011

BESO FINAL


"Laberinto" Leonora Carrintong

                                                                                            

                                                                                                                   (cajas dentro de caja
                                                                                                                     y en la última
                                                                                                                   el laberinto,
                                                                                                                   y en el laberinto
                                                                                                                      yo)


el candado perdió su llave
no puede inventarse el olvido*

Fragmento de la última entrada de Rayuela en http://en-zigurat.blogspot.com/

Este texto tiene su origen en estos versos que escribió Silvia Zappa. Así que espero que le guste....




Él era un chico transparente. Su piel sabía a la sal que sucumbe en la cresta de una ola. Su sonido era el del mar resquebrajándose en la playa, desnudo, con todas las plumas caídas. Su cuerpo eran mil ríos desbocados que convergían en un arrullo, suave, como el enmudecer de una pompa de jabón. Su risa era de mercurio y servía para medir todas las fiebres de su alma. Nada era oscuro en él, ser de luz desmembrándose.  Hasta su carne la habían tejido con los colores de un arco iris que había nacido durante el caer de una lluvia de amor. Una en cuyas gotas se escondían hermosos mensajes cifrados.

Pero aquellos mil ríos eran los que insuflaban vida a su corazón, el día que dejaran de fluir, su corazón ya no volvería  a latir. Así lo habían tallado en su cuna de madera, nada más nacer. Así se lo repetía su madre. Siempre le advirtieron que amara con mesura, porque no sería al primero que le ocurre quedarse seco de amor.

Ella era una chica subterránea. Toda  construida de laberintos y fosos con pequeños dragones, verdes, vigilantes. Sus cabellos eran narcotizantes,  al olerlos uno caía sumergido en la profundidad de un ensueño. Su boca era de vértigo. Su sexo, parecía cavado en la tierra. Sus andares el imperceptible movimiento de dos placas tectónicas, uno siempre tenía la sensación de que estaba a un paso del seísmo. Para llegar a ella había muchas tapias que saltar, cimas que coronar, y demasiadas nubes de paso. Mirarla a los ojos era sondear el fondo de un abismo, tenían la oscuridad de un alma en el purgatorio. Pero de vez en cuando, en  alguno de sus recodos, podía verse resplandecer una mota de luz, tímida y cambalache, sobre la que la mirada se paseaba y recorría el suntuoso desfiladero de su cuerpo.
Había nacido con el corazón dentro de una caja, que tenía un candado. El que quisiera llegar a él corría el riesgo de perderse en uno de los numerosos laberintos que lo rodeaban, y en todo caso la llave colgaba del collar del cancerbero. A ella también le advirtieron que  amara con mesura. Porque corría el riesgo de que su corazón encontrase demasiado pequeña y opresiva la caja de madera en la que estaba encerrado.Tampoco sería la primera...
Un día ocurrió que el chico transparente y la chica subterránea se encontraron. Desde un primer momento se gustaron. Quizás ella pensó en esos mil ríos deslizándose por sus subterráneos, y no pudo evitar estremecerse. En algún lugar del mundo tembló la tierra, una ligera cosquilla en su corteza, bajo los pies de los hombres. Quizás hasta él llegó la fragancia narcotizante de sus cabellos y se vio subiendo en esa mota de luz tímida y cambalache, y conoció aquellos laberintos iluminados, aquellos abismos con las entrañas al aire, que ella era un ejército de pequeñas muñecas rusas a las que había que conquistar, capa por capa, hasta llegar a aquella última caja en la que estaba encerrado su corazón.

Por lo que a pesar de las advertencias acabaron por yacer juntos. Todos los ríos de él se desbocaron en ella como corceles en estampida, salvajes. Y derribaron todos los diques, inundaron todos los pozos, recorrieron todos los laberintos –porque no existe laberinto en el mundo en el que el agua no pueda encontrar salida, eso es algo que había olvidado tener en cuenta el arquitecto del complejo entramado de su cuerpo-, y reventaron la piel de todas esas muñecas rusas, hasta llegar a la caja donde su corazón se ocultaba. Como dijimos, la caja estaba cerrada con un candado, cuya llave el arquitecto había ocultado oportunamente en el infierno. Sin embargo, arquitecto tan previsor había olvidado impermeabilizar la caja. Y no existe caja tan hermética en la que el agua no pueda encontrar la entrada. Entonces penetró por las juntas y comenzó a inundar aquel sarcófago donde se recogía su corazón. Al instante él comprendió que sus aguas ya no regresarían al cauce del cuerpo, porque habían encontrado una nueva sima en la que ser océano. Sintió como los lechos de sus mil ríos se iban quedando secos. Y todo se tornó árido y desierto en torno a su corazón, hasta que no quedó una sola gota que le insuflara movimiento.
Justo en ese instante el corazón de ella quedó totalmente anegado dentro de su caja.
Él cayó sobre ella con el crujir de una rama seca. A pesar del peso del agua, en un esfuerzo postrero el corazón de ella continuó latiendo, el tiempo suficiente para tomar su cara entre las manos, y depositar en sus labios el beso final. En el abismo de sus ojos asomaran unas lágrimas, que se derramaron por el rostro, formando un pequeño arroyuelo, deslizándose hasta su boca, y de ésta a la boca del chico transparente. Y mientras ella se hundía en el vacío, en la nada, porque su corazón ya no tenía fuerzas para empujar bajo el agua, y estaba totalmente ahogado, tuvo tiempo, para escuchar, y sentir en su pecho del que escapaba la vida, como el cuerpo sobre ella emitía un débil primer latido. Y un segundo...