Eres igual a ti, y desigual, lo mismo que los azules del cielo.

Juan Ramón Jiménez


martes, 11 de junio de 2013

BREVE REFLEXIÓN CON FOBIA EN PRIMER PLANO




Al pasar por debajo de un balcón durante la borrasca, justo cuando el agua acumulada en el canalón se colma, comprendo con un estremecimiento que incluso la lluvia tiene un peso específico. Esa gota desmesurada colándose por el único resquicio abierto en mi gabardina, golpeando mi nuca y arrastrando toda la náusea de mi cuello, incluso suena con otra música. No todo el agua que cae es lluvia, ni toda inclinación hacia otro es amor. Aunque seguramente, tal y como sucede con la lluvia, tampoco sea necesario identificar al amor para que nos cale. Entonces por qué esa persistencia en nombrar. Siempre he pensado que la palabra amor queda bien en un poema, o en una carta, pero el día a día va despojándola de sentidos, hasta que es un pez boqueando en seco. Eso es lo que hubiera querido hacerte comprender. Día a día, cuando regresaba a casa, sólo me aguardaba aquella podredumbre. Las escamas pegándose a mis dedos cuando apartaba una silla para sentarme, o asía la taza del café. A continuación venían las interminables horas bajo la ducha para quitarme de encima el inconfundible olor a  pescado. Tus protestas ante tamaño derroche de agua y tiempo. 
Tú permanecías inmune a todo aquello, y te espantaba cuando me descubrías frunciendo la nariz ante aquella peste, o disimuladamente trataba de rehuir tu abrazo. Paulatinamente fui demorando la hora de regreso a casa, o  me entretenía hasta tarde en el sofá, delante del televisor. La acumulación de pescado era mayor en el dormitorio, hasta el punto de tener que esforzarme para abrir la puerta, puesto que las pilas de peces parecían dispuestas como una barricada entre nosotros. Debido a todo esto, cuando te enfrentaste a mí preguntándome qué demonios me pasaba, no pude contestarte. Y mientras tú ibas de una habitación a otra, organizando tus pertenencias para a continuación acabar de preparar tus maletas, yo sólo podía sentir la agitación de los peces en mi estómago, y su afluencia hacia mi garganta cada vez que intentaba abrir la boca. De tal modo que fui incapaz de decirte aquello que querías escuchar. Ni siquiera una excusa, o una explicación. Mi cuerpo era sólo la red que unas rudas manos habían arrancado del mar, y  todo él temblaba ante la  furia desesperada de infinidad de peces. Sus aletas clavándose en mi laringe, mis pulmones retorciéndose por el escozor de la salitre. Sólo cuando te marchaste entre lastimada y rabiosa, pude dirigirme  libremente al baño, y allí, en el inodoro, expulsé aquella profusión de estúpidos peces.  Uno a uno iban cayendo, mientras mi rostro era convulsionado por las lágrimas, y mi mano temblorosa tiraba compulsivamente de la cisterna. No sé cuánto tiempo duró todo aquello. Cuando acabó traté de arreglarme la cara bajo el grifo. Miré por la ventana, afuera llovía. Ni en el pasillo, ni en las habitaciones, había rastro de los peces que antes las inundaban. Aquel olor nauseabundo había desaparecido. Ahora el que se agitaba boqueando, hacia uno y otro lado, era yo. Al pasar por la entrada descubrí que te habías dejado tu paraguas, aquel de un rojo desvaído que tanto te gustaba. Y sin pensármelo tomé la gabardina que pendía del colgador, y salí a buscarte. No tenía dudas de que ahora sí saldrían las palabras que tenía que decirte, pero en mi urgencia olvidé abrirlo. O quizás, de un modo inconsciente, ya no me sentía digno de usarlo. Fue ahí cuando me golpeó la gotera que cayó del canalón y dejando a un lado mis escrúpulos, me decidí a abrirlo de una vez. Mientras lo hacía pensé esto de, así como sucede con la lluvia, no es necesario identificar al amor para que nos cale. Para a continuación percatarme de que el paraguas tenía dos varillas rotas, y de lo absurdo que sería correr detrás de ti para devolvértelo. En ese instante comencé a temblar, consciente de que, por segunda vez, algo me había calado. Algo que no era la lluvia, ni era el amor. Algo que no fue necesario identificar. Lo mismo que la lluvia, lo irreversible tiene un peso específico. Y allí mismo dejé tu paraguas de un rojo desvaído, como una triste medusa agonizando en una playa.... A los pocos días regresaron los peces.

22 comentarios:

alba dijo...

los peces adentro y fuera de mí mueven sus bocas diciendo ay. he recordado esto:

1
por qué no simplemente no esperar
a ser ocasión de
un vertedero de palabras

¿no es mejor abortar que ser estéril?

después de tu partida las horas son tan tristes
siempre empiezan a rastras demasiado pronto
los garfios desgarrando con ceguedad el lecho de miseria
rescatando los huesos los amores antiguos
cuencas una vez llenas con ojos como tuyos
¿es mejor siempre demasiado pronto que jamás?
negra necesidad salpicando los rostros
diciendo una vez más nunca flotó lo amado nueve días
ni nueve meses
ni nueve vidas

2
diciendo una vez más
si no me enseñas tú no aprenderé
diciendo una vez más existe un último
atardecer de últimas veces
últimas veces de mendigar
últimas veces de amar
de saber no saber simular
un último atardecer de últimas veces de decir
sino me amas nunca seré amado
si no te amo ya no amaré nunca

un batir de palabras gastadas una vez más en el corazón
amor amor amor golpe de un émbolo antiquísimo
moliendo el suero inalterable
de las palabras

una vez más aterrado
de no amar
de amar pero no a ti
de ser amado y no por ti
de saber no saber simular
simular

yo y todos los otros que te amen
si te aman

3
a menos que te amen

(SAMUEL BECKETT)

besos, linda.

çç dijo...

he quedado sin palabras igual que ese gorrión que se cobijaba bajo el balcón, sin partes, igual que no se puede morir a medias.

besos vera.

Vera Eikon dijo...

Monumental poema.Gracias por esa mente atenta, que siempre prodiga la palabra precisa,sea creádola o rescatándola de un rincón de su memoria. Bicos,ruliña...

Vera Eikon dijo...

No se puede morir a medias, no, ni amar a medias, ni llorar tampoco...Gracias hermano....por cierto, si quereis venir este viernes, se está preparando una...bicos bicos

Lila Biscia dijo...

qué bien te sienta la prosa, vera.
esta frase es perfecta:
No todo el agua que cae es lluvia, ni toda inclinación hacia otro es amor.
y el resto del relato... el amor... el amor es aquello inidentificable que encontramos en lo más pequeño y coidiano: el modo de despertar por la mañana, de preparar la maleta, de colgar la ropa en el tender, el gel de baño, la esponja. no lo sé. eso. eso y los paraguas (aun guardo uno) lo decís hermoso.

abrazos

Darío dijo...

Una delicia, realmente.

David Mariné dijo...

acabo de leer belleza y me estremeces.
gracias Vera.

Darío dijo...

En algún momento habrá que deshacerse de lo que incomoda ahí adentro, sea conejito o pez. Y aunque seguramente vuelvan, porque es difícil despojarse definitivamente de aquello que nos constituye. Fatal.

Vera Eikon dijo...

Ese gesto que no por cotidiano, deja de conmover, tal y como dices Lila. Sólo es necesario abrir bien los ojos. Porque el amor es fácilmente identificable cuando nos mueve, pero a veces, cuando ya lo damos por sentado, el mismo amor conlleva cierta inmovilidad. Al amor lo presuponemos por la sed, pero ¿cómo lo vivimos?....Y bueno, mi tendencia natural es la prosa. Los poemas son una desviación que en un momento se me hizo necesaria, incluso compulsiva...Gracias por pasar. Besos, Lila!

Vera Eikon dijo...

Gracias David por tus palabras. Un abrazo

Vera Eikon dijo...

Quizás sí, quizás sea fatalidad, Darío. Y desde ese fatalismo encaucé la historia(que en un principio no era más que una mera divagación, hasta que aparecieron los peces). Se trata simplemente de una fobia, pero ¿puede una fobia acabar por constituirse en elemento de nuestra propia naturaleza?. Y después está esa conciencia de que pasado cierto punto, es un despropósito volver atrás. Es sólo un relato, un poco fantástico, sí. Pero en la vida ¿se puede luchar contra esto? ¿Contra ese miedo que ha tomado una posición avanzada dentro de uno, y contra esa sensación de que el momento se pasó?...Aunque en realidad esto es sólo un delirio de una tarde de mocos y fiebre...

Maruja dijo...

Vera, me encanta como escribes.
Un beso grande.

María Sotomayor dijo...

Todo el relato ha sido una maravilla sensorial, como estar debajo de la cama oliendo en naufragio de los peces.

Beso Vera.

Leo Mercado dijo...

Apa.... Sos un AS de la prosa.

Garriga dijo...

hermoso
te sienta bien como te dicen, como cualquier vestido a una mujer hermosa, que eviddentemente lo sos, y cuánto me sorprendió que el narrador sea narrador masculino no "digno" de usar el paraguas. Genial

Vera Eikon dijo...

Gracias Maruja. Beso.

Vera Eikon dijo...

Me gusta que lo sientas así, María. Porque en realidad es todo una sensación, y es la sensación la que empuja la historia. Besos.

Vera Eikon dijo...

jajaja....no sé si un As, Leo, pero la prosa es más natural a mí...

Vera Eikon dijo...

En realidad, Garriga, eso lo determinó el modo en el que iba narrando, como si el tono se hiciese hombre...Me gusta mucho la "voz" masculina, da mucho juego, y en cierto modo es un reto...Abrazo.

Sandra Garrido dijo...

Siempre he pensado que la palabra amor queda bien en un poema, o en una carta, pero el día a día va despojándola de sentidos, hasta que es un pez boqueando en seco.

Brillante Vera, esa agonía de los peces, esa sensación de angustá y hasta de escrúpulo hacía el otro, se va haciendo grande .... cuando llega la hora de la partida se confunde la costumbre con amor.


un abrazo

Vera Eikon dijo...

Gracias, Sandra. Lo que me dices me hace pensar en lo acertado del tono narrativo, porque veo que lo que yo sentí al escribirlo se transmite de un modo más claro de lo que yo pensaba. Me hace feliz eso. Apertiñas!!

protervidad dijo...

Ésto me dolió mucho, demasiado, tengo que curarme de éstas palabras, pero no borrarlas, o huírlas, sino darle el debido acto solemne, sentarme a verlas andar y penetrar la madera, florecer el suelo, las avenidas...

Adoro esa forma de explicar el llanto, en darle vida a los instantes, con que sutileza.