Eres igual a ti, y desigual, lo mismo que los azules del cielo.

Juan Ramón Jiménez


sábado, 12 de marzo de 2011

LOS PUENTES DE PARIS





A Emma y a todos aquellos que confluyen en su blog, cuya lectura me trajo este cuento http://emmagunst.blogspot.com/



Un buen día decidió morir de amor.

Ocurrió al despertarse, mientras el sol despegaba la habitación de la oscuridad y la sumía en el mar del nuevo día. Entonces se dio cuenta de que el amor, lo mismo que la vida, no puede desandarse. Sólo matarlo o morir. Aquel fue un pensamiento impregnado de claridad. Como una verdad impronunciable en la que sólo existen los pájaros cantando, y las hojas de los árboles.

Tomó el cuenco y lo llenó de leche. Cogió el pan y comenzó a desmenuzarlo en pequeños trozos, que caían indolentes en aquel océano blanco. Con la cucharilla los hacía zozobrar como barcos en la borrasca, y cuando su corazón de miga se encontró empapado, los observó hundirse sin oponer resistencia. En ese instante supo que sólo existía un lugar al que ir a morir de amor.

Aquella tarde, con su mochila al hombro, salió de la casa y comenzó a caminar. Aunque conocía el destino, dejó que la ruta la decidieran sus pies. Sus brazos se movían con aquel dócil vaiven de alas pegadas al cuerpo, conscientes de que por mucho que se desplegasen nunca llegarán a alzar el vuelo. Al caminar se iba despidiendo. Sentía como al barrio le costaba dejarle marchar, como le prodigaba miradas seductoras, tiernas. Le hablaba, y en su voz se conjugaban los ecos de la infancia con las tardes felices de la adolescencia, cuando, entre las caladas de un cigarrillo furtivo, contemplaba la caída del sol, con la misma ensoñación con la que Nerón contemplaba arder Roma. Las esquinas le lanzaron por el aire aquel primer beso, robado a unos labios frescos en una mañana de primavera. Cuando volvió a verla sus mejillas se tiñeron de un rubor que le cubrió hasta los ojos. Jamás pudo abrir otra vez los párpados para volver a mirarla.

Comenzó a silbar al llegar a la carretera. Escuchaba el sonido de los coches deslizándose a su lado. Tuvo lástima de aquella gente con tanta prisa, como si temieran que se les escapase el tiempo. Ahora a él eso ya no le importaba. Desde que había decidido que su tiempo había terminado, se dio cuenta de que el tiempo solo era otra de las ridículas ataduras de los mortales y su afán de medirlo todo. Una vez se les ocurrió medir el amor. Conometraron el número de latidos que cabían en un beso. En el suyo cupieron más latidos, por lo que concluyó que él la amaba más. Desde aquel día esa idea lo torturaba y se convenció de que aquello no sería para siempre. Los presentimientos son al contrario de los deseos, si uno los dice en alto acaban por cumplirse.

Llegó la noche y con ella vinieron a hacerle compañía las estrellas. La luna estaba escondida y pensó en que quizás no volvería a verla otra vez. La luna es de esas cosas por las que merece la pena vivir. Pero el amor es la única cosa por la que merece la pena morir, decidió. Así que a pesar de las súplicas de las estrellas y el agujero que la ausencia de la luna había dejado en el cielo, sostuvo que su resolución era irrevocable.

A la mañana temprano se encontró en los límites de la ciudad. A pesar de la hora, le esperaba jadeante y lúcida, con esa hermosura natural de mujer recién levantada. Al pasar por el mercado compró una manzana y la fue mordisqueando, sintiendo como su jugo ácido le atravesaba los dientes. Tal vez su última manzana… Le enardecía el combate de los vendedores en sus puestos, a ver quién gritaba más alto, a ver en qué puesto lucía la fruta más brillante…. A el le hubiese gustado ser mercader, con su mandil blanco y un bigote que atusarse con aire pensativo. Los hombres con bigote le parecían portadores de una sabiduría olvidada…

Transcurrió la tarde entre escaparates de cristales mágicos y las curiosidades de los puestos de los márgenes del Sena. Una mano pálida, venida de otro tiempo, rebuscando encontró una fotografía que sostuvo triunfal ante sus ojos. La figura de Simone de Beauvior se recortaba en la penumbra, escribiendo, como la única luz capaz de abatir a las sombras en el Café del Flore. Ella le había comentado que quizás por eso la gente escribía “por abatir a las sombras del espíritu”. El se sintió totalmente prendido a su sonrisa.
Igual que aquella tarde, se sumergió en las calles, sin rumbo, esperando que como entonces la casualidad le hiciera pararse, mirar al frente y tropezar con el mismo Café del Flore. Aquellas eran el tipo de circunstancias que a ella le hacían saltar y batir palmas. Le abrazó y sintió su cuerpo menudo como un lodazal. Se imaginó hasta el cuello de barro, pero no le importó. Supuso que la felicidad es pegajosa. Más tarde se encontraron ante la placita Simone de Beauvior y Jean Paul Sartre, y fueron nuevos brincos y cabriolas. El aire se tornó esponjoso y su tacto era de mousse de chocolate.
Pero esta tarde no le depararía todas aquellas cosas, únicamente su recuerdo, y entonces se percató de que ya no dolía.

A la hora de las sombras llegó al Pont Neuf. Estuvo contemplando las aguas del Sena, como un hilo de tinta ciñendo las caderas de la noche. Se acercó a la balaustrada, pero de pronto uno de sus pasos se perdió en el aire. Allí había algo, un bulto, una figura humana. Estaba ahí, dormida, con su rostro cerrado, únicamente al alcance del resplandor de una farola. Le pareció joven, brillante, viva. Los cabellos le caían hacia atrás y pensó que seguramente tendrían continuidad en el río. Casi sin percatarse acercó su mano, e incluso antes de tocarla percibió que su piel estaba fría. Sus ojos se abrieron y en un principio le parecieron cubiertos por la telaraña del sueño, pero al instante se agazaparon, como animalillos asustados. Se levantó, cogió la manta con la que se abrigaba y una enorme mochila y echó a correr. El fue tras de ella, llamándola con un nombre de mujer que nunca había escuchado, y que no sabía cómo había asomado a su boca. Pero ella corría y corría ….hasta que se perdió en la noche.
Volvió al puente y se arrodilló en el lugar donde un momento antes dormía la muchacha. Allí sólo encontró un cuaderno de raídas tapas amarillas.

Antes de que abandones
el aire
quiero que sepas que fuiste
importante como el pan fresco
el arcoiris, las estrellas, el color índigo
y los puentes de París

Luisa Futoransky*



Aquel fue el poema que apareció en una hoja escogida al azar. Pensó que seguramente aquella era una libreta mágica y comenzó a leer aleatoriamente. Tan solo cuando llevaba unas cuantas páginas se percató de que todos los poemas estaban escritos por mujeres. Y en estas le sorprendió el día sin que recordase su resolución. Se percató de que debía aplazarla para la noche. Decidió aprovechar su último tiempo visitando los puentes de París de los que hablaba el poema. Uno de sus favoritos era el Pont des arts. Recordó su asignatura pendiente, contemplar las estrellas desde el Pont des arts bebiendo vino y comiendo queso. Lástima que aquel había sido su último día en París, y tuvieron que emplazarlo para una próxima visita.
Cuando caminaba hacia el Pont des arts, recordó la libreta y se le ocurrió que debería buscar a su dueña para devolvérsela. El aire de la mañana era fresco y tenía prendidos los cabellos en una melodía, pensó. Sonaba a guitarra y talle cimbreante. La mañana en Paris sabe mover las caderas. Se rió, quizás también a él se le había pegado un poco de poesía. Pero sí, era una guitarra….y una voz de mujer, cálida. Le pareció que ya no sentía tanto frío. Era como si los lugares que alcanzaba aquella voz fueran protegidos por una leve campanita de cristal, y ya no penetrara el viento. Vio un grupo de gente y supuso que del epicentro de aquel, procedía la voz. De pronto calló. Aplausos. La gente comenzó a dispersarse. Su corazón batía fuertemente. Se llevó la mano al pecho ¿Cuántos latidos caben en una espera?
Incluso antes de que el círculo quedara despejado, supo que era ella.
Posó su mochila en el suelo y la abrió. Sacó la libreta amarilla y desde la distancia se la ofreció a la chica de la guitarra.
-Acércate-fue lo único que dijo
Se acercó y se la quedó mirando. Sus ojos parecían más soñadores cuando estaban abiertos. Se la ofreció con delicadeza y ella casi se la arrancó de las manos.
-Pensé que no volvería a verla…son los poemas que canto. Mi posesión más preciosa…Perdona que ayer saliera corriendo, pero es que al dormir me vuelco sobre mi misma, y fue como si al despertarme me arrancaras de mí. Por eso tuve que salir corriendo, para volver a encontrarme…. ¿Quieres que te cante algo?
El asintió levemente, como si pensara que ante un gesto brusco ella saldría corriendo de nuevo. Se dejó mecer por aquella voz, cálida como la brisa del verano, agitando las ramas de los árboles. Ella le contó que así se ganaba la vida, cantando poemas por los puentes de París.
-La gente se vuelve generosa en estos puentes ¿sabes? Generosa con el amor. Pródiga en besos….La gente viene a este río a amarse, a besarse….aquí elude sus miedos y se enfrenta a la vida. Cuando uno atraviesa alguno de estos puentes se siente pleno…y en el peor de los casos un puente siempre te lleva a una nueva orilla.
-Yo vine a los puentes de París para morir de amor. Sabía que era el único lugar donde podía hacerlo…
-Sí, la gente también hace eso…-se limitó a responder ella.
Estuvo todo el día escuchándola, mientras las monedas doradas titilaban en la chistera negra, de raso. Había parejas que le pedían que cantara solamente para ellas. Entonces la chica buscaba algún poema que hablara de amor y recitaba con aquella voz que parecía envolverlos, protegiéndolos del frío y del viento.
Al llegar la noche compraron queso y pan y los tomaron sobre la estructura del Pont des Arts, contemplando las estrellas que brillaban sobre sus cabezas. Una línea fina, como el óvalo de una mejilla, se dibujaba en el cielo. Era la nueva luna que comenzaba a gestarse. Dentro de unos días estaría rebosante. Pensó en lo espléndida que se vería desde ese puente y en su mágico resplandor iluminando el rostro de la chica mientras dormía a su lado. Como ahora. Se dijo que nunca nos hallamos tan indefensos como cuando dormimos. Por eso dormir con alguien resulta un acto de entrega. Muchas veces incluso mayor que el sexo….Le gustaba aquella intimidad, como de resaca del mar que te arrastra al centro de ti mismo a medida que te acerca a la otra persona…y ahogarse en ella…en vez de hacerlo en las aguas del Sena.
Decidió que le gustaría esperar con la chica la llegada de la luna nueva. Como ella misma decía, en el peor de los casos un puente siempre te lleva a una orilla nueva….


* poema sustraido del blog de Emma http://emmagunst.blogspot.com/

18 comentarios:

emmagunst dijo...

ay ay ay qué historia más hermosa! me alcanzaron recuerdos de un amor (con el que me encontraba siempre de noche y caminábamos mucho mientras hablábamos por la Cañada de Córdoba; recuerdos de Antes del Amanecer, recuerdos de esperanza amorosa, cuando todo podía vislumbrarse. Muy hermoso Vera! Un abrazo

El hombre de Alabama dijo...

Amo París.

vera eikon dijo...

Siempre son románticos esos encuentros durante la noche en los que reverbera el agua Emma. Me alegra que el relato te traiga este tipo de recuerdos. Es bonito recordar el amor que fue tras los años y cuando ya no duele...Besos
Sí hombre de Alabama, yo también amo París...

Maia dijo...

"¿Cuántos latidos caben en una espera?", no lo sé. Pero sé, que cuando la espera es larga y ansiada, el mismo momento en que se concreta el encuentro, el corazón se detiene unos instantes antes de estallar.
Un abrazo,

Say dijo...

Ahh Maia,
cómo has descrito, gráficamente, la sensación... esa sensación...!!!!"¿Cuántos latidos caben en una espera?"...

vera, hermoso todo lo que ocurre en casa de emma...

Y los puentes de Paris...yo los he recorrido todos...también el Pont Neuf. Me encanta Leos Carax, de su película Les amants du Pont-Neuf, con Juliette Binoche, esa historia de amor entre dos vagabundos, trágica y hermosa...

Aquí, en tu escrito, ha confluído todo...

Me gusta!

Un beso

vera eikon dijo...

Quizás Maia todos necesitamos que el corazón de vez en cuando se pare de ese modo que describes para seguir latiendo. Como si esos momentos nos permitieran coger impulso.
Y sí Say, aunque yo llevo poco tiempo frecuentando la casa de Emma no dejo de sentirla como un lugar mágico, compuesto de imágenes, hermosas voces y toda esas gentes que confluyen y que en poco tiempo me han aportado tantas cosas.
París es una ciudad para amar y Juliette Binoche una mujer hermosa, de esas en las que nos gusta sentirnos representadas a mujeres como nosotros. ¿Nunca te has sorprendido al ver la diferencia entre las mujeres que les gustan a las mujeres y las mujeres que les gustan a los hombres? Cuando percibimos el atractivo en otra mujer creo que nos basamos más en el aura y la fuerza que transmite que en que sus rasgos se ajusten a ciertos cánones. Leyendo las Cartas a Sartre me pareció curioso que Simone de Beauvior hiciera una especie de encuesta entre sus conocidos para reafirmar su idea de que ella siempre le había resultado más atractiva a las mujeres que a los hombres....El paradigma de la mujer francesa me suele resultar singularmente atractivo..
Besos

Curiyú dijo...

Hermoso. Para leerte me siento con mi vasito de vino o de cerveza, y trato de saborear el texto igual que la bebida.
Me gusta ese proceso que pasa adentro del personaje, ese "tomar consciencia" de todas esas pequeñas cosas cotidianas que perderemos con la muerte. Tomar agua o ver la luna.
Pero me gusta el final, y ese puente primordial que es el amor. Besho

vera eikon dijo...

Me halaga que me leas comos si constituyera un pequeño ritual. Los pequeños rituales son cosas caras a nosotros, como el pan fresco o la visión de la luna florecida. Tampoco quise ser muy explícita en definir qué era ese sentimiento que surge al final, pero supongo que el modo en el que está narrado se puede corresponder con el amor. Yo lo veo en el sentido de que cuando a veces no esperamos nada, desde esa misma nada surge un encuentro que....
Me encanta que te pases por aquí
Un beso enorme

marcela dijo...

París es un lugar para amar, pero también un lugar triste para el desamor. Recuerdo que el domingo más triste de mi vida fue en París. !Y eso, que todos los domingos me parecen tristes!
En una espera caben muchas taquicardias. En un momento de mi vida miraba horas el teléfono, casi como si fuera un televisor.
Besos a todas, nos hacemos la vida mucho más gradable desde que nos conocemos. Y eso sin duda, es una forma de amor.

vera eikon dijo...

Marcela, seguramente la espera ante un teléfono es la peor de las esperas. Nadie ni nada es inmune al desamor, supongo que tampoco París, pero-se me acaba de ocurrir-que quizás se haya reservado algún momento bueno para tí en un futuro. Y sí, la amistad es una forma de amor que generalmente solo depara momentos bonitos, y casi siempre se recibe más de lo que se da (al menos yo lo percibo así)
Besos

Carmela dijo...

Paris,Paris. Antes creía que era un mito todo lo que se decía de esa ciudada, pero fue precisamente en ella dónde reencontré lo que más quería y quiero en este mundo. Junto a Notre Dame.

Me ha encantado Vera.Todo, Tus palabras, el tema, y el sentimiento que encierra.
Un beso grande

vera eikon dijo...

Ah...reencontrarse en París!!! Yo siempre estoy deseando volver a sus puentes, sus cementerios, sus gatos....Ahogarme como me ahogué la primera vez que contemplé la majestuosidad de la plaza del Louvre. Permitir que me devoren los colores de las vidrieras de Notre Dame. Pero sobre todo deambular por sus calles, sin brújula, ni guía, sólo acudir a todas las citas del modo en el que Horacio se encontraba con la Maga....
Me alegra que te haya gustado el cuento, pues presentía desde la primera frase que este tenía que ser un cuento de los que hacen sentir bien...
Besos

Blue dijo...

Vera, me maravillas.
¿Sabes lo que me gustó mucho, mucho?, esto:..."nunca nos hallamos tan indefensos como cuando dormimos. Por eso dormir con alguien resulta un acto de entrega. Muchas veces incluso mayor que el sexo…".
Bicos.

vera eikon dijo...

Pues esa frase surgió el otro día mientras escribía otro comentario a un poema del blog de Emma y después vi que enlazaba perfectamente con el cuento. Mientras escribo, a veces aparto los ojos de la pantalla y de pronto veo las imágenes del cuento. La vi a ella, un poco parecida a la protagonista de "El baile de la victoria", frágil, hermosa, un tanto etérea, pero a la vez se me ocurrió que era de esas personas que instintivamente se entregan, sin hacer preguntas. Entonces lo vi a él, vigilando su sueño, olvidando que había ido a París a morir de amor... Es un momento mágico, cuando uno se da cuenta de que los elementos dispersos de una historia de pronto encajan. Y cuando ocurre pienso que ese trabajo un poco de relojero es lo que me gustaría hacer siempre.
Me alegra que te haya gustado...
Bicos salgados dende a miña ría doce...

Rocío dijo...

Gracias por visitarme ya que así he podido descubrirte a ti.
Lo primero con lo que me he encontrado ha sido con mi adorado Cortázar (eso es empezar con buen pie, desde luego), luego una foto de París y después la frase de "Un buen día decidió morir de amor".

Promete.

vera eikon dijo...

Me encanta que me devuelvan las visitas!!!

José Antonio Fernández dijo...

Vaya, menudo homenaje. Me alegro mucho por Emma. Dices bien que su blog tiene algo especial. Atrae, imanta y engancha.
Ay, Paris. ¿que tendrá?
Abrazos.

vera eikon dijo...

¿Será el blog de Emma el París de los blogs??? Y así, en los días de lluvia, cuando sintamos que la casa se nos echa encima, encendiendo el ordenador podremos exclamar "siempre nos quedará Emma..."
Besos