Eres igual a ti, y desigual, lo mismo que los azules del cielo.

Juan Ramón Jiménez


lunes, 19 de marzo de 2012

MAGNETISMO

Marc Chagall






De repente se vio arrastrada. 

Caminaba en silencio, mirando el adoquinado de la calle, con la cruz del sol sobre los hombros. Enfundados en los zapatos de fina suela, sus pies participaban de las rugosidades de los pequeños adoquines, y se movían incómodos debido a la informidad del suelo. Sin embargo a ella le gustaba ir por aquella calle, a la que pensaba como una metáfora. “La vida no es un camino asfaltado, no..”-solía decirse mientras apresuraba el paso-. Pero aquel día algo la detuvo, y tiró de ella hacia atrás. Como si una gran mano invisible la hubiera tomado por la espalda y la obligara a desandar lo andado. Cada vez la conducía a mayor velocidad. Al poco tiempo pudo ver pasar ante si la panadería de la esquina, el colegio del otro lado de la calle, y su propia casa. Hasta que, siempre de espaldas, cruzó la carretera  por el paso de peatones y llegó al parque más céntrico de la ciudad. Vio la gran verja de hierro abierta sobre su cabeza. Ya no había edificios erguidos en torno a ella. Apenas unas nubes dormidas en el cielo, y algunas otras tan de brazos cruzados que le hicieron presagiar que aquel día no habría tormenta, y por lo tanto el pronóstico del informativo de la noche anterior habría resultado erróneo.  Esto pensaba cuando comenzó a apreciar una ligera desaceleración en aquella fuerza que tiraba de ella, de tal modo que se sintió flotar, ingrávida, o quizás no se trataba de eso, sino que su centro de gravedad no estaba ahora donde siempre, sino en algún lugar a sus espaldas. Entonces, de pronto, sintió el contacto de su cuerpo con otro cuerpo. Un cuerpo que se había interpuesto a su trayectoria. Pero en vez de la contundencia de un impacto, el encuentro fue más como una anexión. Como cuando uno se abrocha el cinturón de seguridad. E incluso en su cabeza pudo oír un imaginario “clic” confirmando que las dos piezas habían encajado a la perfección. Giró sobre si misma, siempre en contacto con el otro cuerpo. Sus ojos se enfrentaron a otros ojos. Unos ojos oscuros, salvajes. Quiso alejarse, pero no bien dio el primer paso, su propio cuerpo volvió a ser arrastrado con violencia hacia aquel otro cuerpo. Una vez más el clic imaginario. El asentimiento de un puzzle que encaja. En ese momento aquellos ojos ante si se enturbiaron, y la expresión salvaje del comienzo pareció borrarse, como si sólo se hubiese tratado de un dibujo en la superficie del agua. Esta vez fue el otro el que dio un paso atrás para desembarazarse. Pero su cuerpo volvió a ser atraído por ella como por un imán. Se miraron, y como respondiendo a un acuerdo silencioso, al unísono trataron de separarse, para volver a caer el uno en el otro. Ahora pareció como si sus miembros dibujaran los tiempos de un abrazo. Ella, ligeramente más baja, acabó con la cabeza reclinada sobre su pecho. Los brazos de él se habían enlazado a su alrededor. Sentía su respiración entrecortada sobre el pelo. Aspiró el olor a suavizante del jersey.

-Perdona-dijo él

-No importa. Tú no tienes la culpa-respondió a media voz

Deshicieron el abrazo, pero esta vez sin atreverse a separarse del todo, quién sabe qué ocurriría. Miraron a su alrededor. El resto del mundo continuaba al margen de aquellas extrañas circunstancias. Hombres que caminaban solos, en pareja, o en grupo, pero siempre manteniendo una cortés distancia.  Un niño corría bullicioso delante de sus padres. Una pareja caminaba abrazada, para luego soltarse, y de nuevo abrazarse, besarse, jugar…

-Imaginé que la gravedad había cambiado. Que ya no era la tierra la que atraía los cuerpos, sino que eran los cuerpos los que ahora se atraían entre si. Tuve esa esperanza, pero veo que no es el caso. 

-No, no es-dijo ella-. Fue como si una mano poderosa e irrefrenable me arrastrase. Pero veo que sólo nos atañe a nosotros

-Sí, para mí fue del mismo modo. 


Permanecieron en esa posición durante largo tiempo. En la recreación de una paradoja, seguían pegados a la vez que trataban de no tocarse. Las sombras de los árboles se cernieron sobre ellos, anticipando la noche que se aproximaba. La temperatura bajó, y ella, que llevaba puesto un vestido de verano, comenzó a temblar.

-Mi casa está cerca-dijo él con timidez.-Y ya que no podemos separarnos, haríamos bien en buscar un lugar para pasar la noche. Si te parece bien, claro…

-Sí..Supongo que no tenemos muchas opciones-respondió de un modo hueco, vacío. Como si alguien le hubiese robado la música a las palabras

Cuando se movieron, y comenzaron a caminar, ambos sintieron el entumecimiento de sus músculos. Habían pasado unas cuantas horas sin apenas moverse, rígidos. Tratando de algún modo de que, en aquellas circunstancias, el otro no se sintiera vulnerado. Tras salir del parque, apenas unas cuantas calles a la derecha, llegaron al portal de un viejo edificio. Él sacó las llaves de su bolsillo y abrió la puerta. Ceremonia que repitió tras subir un total de cuatro plantas por las escaleras. Ella se apercibió de que, a pesar de todo, el hombre trataba de respetar ciertas formas de cortesía, cediéndole siempre el paso de un modo caballeresco. Esfuerzo que le agradeció, pues en algunos momentos era bastante difícil.

Entraron en un pequeño y aseado apartamento. La pulcritud sólo era empañada por unas cuantas cajas desperdigadas por aquí y por allá, que daban una ligera impresión de que la vida sólo estaba de paso.

-Perdona el desorden, apenas hace una semana que me he mudado -explicó él-. ¿Quieres que te sirva una copa de vino mientras preparo algo para cenar?

Aceptó la copa, pensando que el vino le vendría bien para aliviar el entumecimiento de sus músculos, y quizás dotara de cierta normalidad aquella extraña situación. Como apenas podían separarse,  repartieron tareas. A medida que ella iba cortando las verduras, él iba confeccionando y aliñando la ensalada. Concentrados cada uno en la parte que le tocaba, comenzaron a charlar casi con normalidad para los dos completos desconocidos que eran. Él le contó que tras la muerte inesperada de su mujer, en un accidente de tráfico, había llegado a esa ciudad tratando de escapar de los recuerdos. Claro está que era perfectamente consciente de que de los recuerdos nunca se escapa. Pero al menos tenía la esperanza de ir esquivándolos al concentrarse en la perspectiva de una vida completamente nueva. A medida que él iba hablando, ella intercalaba pausas en su labor, dejando el cuchillo suspendido en el aire cada vez con mayor  frecuencia. Entonces lo miraba, y en ocasiones volvía a ver aquel destello salvaje en sus ojos. “Claro-se dijo-, ese destello no es otra cosa que su instinto de supervivencia. La luz que irradia en su modo de agarrarse a la vida”. Era un hombre todavía joven, o al menos su rostro daba esa impresión cuando uno lo miraba con detenimiento. Pero sus cabellos, salpicados de mechones canosos, le daban una apariencia un tanto mayor a simple vista. Ahora, iluminadas por la luz halógena, le pareció que las canas suavizaban su rostro, y matizaban un tanto el fulgor salvaje de aquella mirada. En conjunto aquel hombre resultaba acogedor, como una especie de cobijo. Su suave voz, el olor de su jersey. Incluso su dolor, aquel dolor del que venía huyendo. Por lo que en el transcurso de la cena se sorprendió a si misma contándole la historia de su enfermedad, y los pormenores de aquella operación durante la cual por unos minutos había estado muerta.  O eso es lo que le habían dicho los médicos, pero ella no recordaba nada. Ni túnel, ni luz, ni sueños-en realidad, desde la operación, ella no había vuelto a soñar, o al menos era incapaz de recordar ningún sueño, ni el más insignificante retal-. Si tuviera que representar en una hoja aquel momento, sólo podría dibujar un gran paréntesis. Quizás, echando mano de su imaginación podría inventarse una gran historia. Quizás la gente que hablaba de esas cosas, de túneles, de una luz intensa al fondo, o detallaba los pormenores de encuentros con personas que ya no estaban en esta vida, quizás, esa gente no hacía otra cosa que inventar. O no. Tampoco era algo que le interesara y por lo general no solía hablar de ello. No se había convertido en aquel tipo de personas a las que le gusta presumir de haber vivido una experiencia cercana a la muerte. Y tras su completa recuperación había decidido que aquella enfermedad no iba a continuar siendo el eje de su vida, pues ya lo había sido por demasiado tiempo. Pero si lo pensaba resultaba coherente el hecho de que en cierto modo había estado muerta, porque desde aquel suceso fue como si hubiera vuelto a nacer. Hoy en día casi habría olvidado que había estado enferma, si no fuera que cada mañana la cicatriz del escote la esperaba para recordárselo al otro lado del espejo.

Esto le contó a aquel completo desconocido, acompasada por el blues que sonaba en el tocadiscos. “Historia de mi casi muerte con blues al fondo”-pensó como título si tuviese que darle uno a aquel cuadro.

Cuando acabó de hablar ya se había hecho bastante tarde, así que decidieron irse a dormir. Fueron hasta la habitación, y una vez allí el hombre abrió un armario, y después de revisar la ropa que estaba allí guardada, eligió una prenda con aire satisfecho.

-Toma- dijo tendiéndole una camiseta blanca bastante amplia-, tendrás que ponerte otra cosa. No estaría bien arrugar ese bonito vestido.  Te prometo que no miraré

-No importa. Quizás tengamos que acostumbrarnos si vamos a permanecer mucho tiempo de este modo-dijo ruborizándose, un tanto sorprendida por el propio atrevimiento.

Comenzó a desabrocharse los botones del  vestido con dedos temblorosos. Pronto asomó la cicatriz en la parte superior del torso. Entonces, como un relámpago, la mano izquierda del hombre se dirigió a esa zona, e inició una larga y aplicada caricia. De nuevo apareció la mirada salvaje persiguiendo con fruición el movimiento de sus dedos, como si con los ojos estuviera tanteando la rugosidad de la cicatriz, midiendo el sutil pliegue de la carne. Ella no pudo reprimir un jadeo ante la sorpresa. Él se disculpó, y le explicó que tenía la sensación de que no podía controlarse, que había perdido el completo dominio de su cuerpo. Ella no tenía nada que reprocharle, lo comprendía perfectamente.

-¿Me harías el favor de ayudarme a desabrochar el vestido? Creo que mis dedos están demasiado torpes hoy. Temo que no acabaré nunca

Él fue desabrochando el vestido casi a ciegas, pues mientras duró esta maniobra en ningún momento dejó de mirarla a los ojos. Bajo aquella mirada tragó saliva, acto que en un silencio tan tenso, sonó con la misma intensidad que un disparo en la noche. Después, como si ella no fuera otra cosa que una niña, él le enfundó la camiseta por la cabeza, y la dejó lista para dormir. Se dejó hacer sin rechistar.

-Sólo te falta el beso en la frente-le dijo bromeando

Ahora le tocaba a él el turno de desvestirse y ponerse el pijama. Mientras esto sucedía ella no paró de hablar, contándole alguna tonta historia de su infancia. Quizás para no reparar en la semidesnudez de él. O quizás para no pensar en que nunca antes un hombre había tocado de aquel modo su cicatriz. Puede que estuviera trastornada por todo lo ocurrido, pero había creído sentir amor en aquella caricia. Más amor del que ella había supuesto que se podía concentrar en un solo acto.


Como no podían acostarse en el lecho cada uno desde un lado, decidieron hacerlo desde el frente. Se arrimaron en lo posible al pie de la cama y entre risas y a la de tres se dejaron caer. Después de espaldas serpentearon hacia atrás, hasta que posaron sus cabezas en las almohadas. Aun continuaron por un rato charlando, mientras contemplaban el techo. Lanzaban hipótesis acerca de posibles soluciones a su situación, y jugaban a colgarlas de las lámparas. La hipótesis más absurda ganaba. Podían irse a vivir a un transbordador espacial, donde con la total carencia de gravedad quizás pudieran separarse. Porque entre las escasas causas posibles, la del “trastorno gravitatorio” era la que iba ganando. O tal vez la solución estaba en el Polo Norte. Tratándose este del campo magnético de la tierra, quizás creara una interferencia en el magnetismo existente entre ellos, y pudieran liberarse. Pero lo que les hacía desternillarse de risa era pensar en la cara de los médicos cuando les fuesen a contar su “enfermedad”. Pensar a qué clase de pruebas o tratamientos les someterían. E imaginando este tipo de cosas fue cómo se quedaron dormidos. Y mientras dormían fue cuando ella tuvo un sueño.  El primer sueño desde la operación.


En el sueño ella era una península. No una península pequeña, sino una bastante grande, unida a un continente. Una porción de tierra fértil, llena de árboles, arroyos, pájaros. Además era feliz, mecida por las aguas, enternecida por el canto de los pájaros. Pero un día sin motivo aparente comenzó a moverse, primero lentamente, pero el movimiento fue acelerándose, hasta agitarse con violencia de derecha a izquierda. Las aguas a su alrededor entraron en ebullición, comenzando a crecer más y más, como si quisieran gatear hacia el cielo. Por un momento temió que la ahogaran. De repente escuchó un rugido angustioso, como el barrunto de un animal herido, y sintió como si algo se resquebrajara. Entonces las agitaciones cesaron, y se vio arrastrada en un lento movimiento hacia el norte, alejándose del continente. Miró hacia atrás, y comprobó que se había abierto una brecha entre ellos. El brazo de tierra que los unía se había roto, como si alguien hubiese cortado el cordón umbilical. Sumida en una grave sensación de desarraigo continuó viajando durante días y días, hasta que por fin el movimiento cesó. Y en ese instante, completamente inmóvil, tuvo una revelación, supo que se había convertido en una isla. Ahí fue cuando despertó.

Se despertó de un modo sobresaltado, tanto que en un movimiento involuntario por primera vez en horas fue capaz de alejarse del hombre que todavía dormía. Esta vez no hubo movimiento de retroceso, ni fuerza magnética que la arrastrase de nuevo hacia él. Con alivio imaginó que aquel fenómeno era transitorio, y parecía haber llegado a su fin. Así que sin más se levantó, y comenzó a vestirse. Decidió que no había tiempo para escribir una nota de despedida, tenía la dirección, así que le sería fácil localizar un teléfono, o enviarle una carta de disculpa. En unos pocos minutos estuvo lista, y se dirigió hacia la puerta. Pero en el último momento no pudo evitar mirar hacia atrás, y contemplar durante unos instantes al hombre que dormía. Su rostro era apenas iluminado por la tenue franja de luz que asomaba por la rendija de la persiana bajada. Le pareció que durante el sueño su aspecto era completamente sereno, y la sensación de cobijo que sintió fue todavía mayor. Mas enseguida se conminó a irse, por lo que dirigió su mano hacia el picaporte. Quiso abrir la puerta con un movimiento cuidadoso, silencioso, pero su mano, en un acto de rebeldía, le aplicó una fuerza feroz. La puerta emitió un sonoro quejido, como de espontánea protesta.  Suficiente para que el hombre durmiente se despertara, justo en el momento en el que la puerta se abría dejando pasar la luz, y pudo ver recortarse sobre ella la silueta de la mujer. Y ahora sí, de nuevo aquella fuerza inexplicable fue ejercida sobre ella, y se vio arrastrada de espaldas, hacia el hombre apenas incorporado en la cama. En un movimiento la mujer estuvo entre sus brazos, que de un modo automático se enlazaron alrededor del cuerpo.

-Parece que es difícil alejarse-dijo él.

-Parece que es imposible-contestó ella. 


Y de este modo permanecieron en la oscuridad, observando el rectángulo de luz que asomaba por la puerta abierta. Sin fuerzas y sin ganas para contrarrestar el irrefrenable magnetismo de sus cuerpos.

21 comentarios:

Amanecer Nocturno dijo...

Ay Vera, ¿cómo eres tan hábil creando historias de vidas ajenas y propias a la vez?

Este transtorno gravitatorio sería complicado de explicar médicamente, y dado que lo tienen dos personas, la hipótesis de trastorno mental debería ser fácilmente descartada. Claro, siempre y cuando ellos dos sean reales, lo del clic haya ocurrido y también lo del sueño peninsular.
Enamorada me quedo de estos dos personajes. Me has llegado muy dentro.

Un abrazo.

Isabel Martínez Barquero dijo...

He disfrutado con tu relato, Vera.
Como su título, es magnético, y muchas de sus frases están trazadas con primor de orfebre.
Una gozada.
Besos.

el maquinista ciego dijo...

Cuando escribes estos relatos que, sí o sí, tenían que ser escritos, no puedo evitar sonreír mientras te imagino arrastrada por una fuerza infinitamente superior a tu voluntad, como el trastorno gravitatorio de estas dos almas (más allá del de sus cuerpos, que se me antoja una mera excusa de su más profunda necesidad…) Ha sido fantástico poder verlos, incluso sentir el roce de sus cuerpos. Eres magia y habrías ardido en la hoguera, Vera! (es un piropaso, eh?, no un deseo, jeje)

Se me ocurre que a veces agasajamos con una delicadez extrema y una sinceridad poco común a los extraños, mientras que a los que tenemos siempre cerca no les habríamos tratado con tantos miramientos. De hecho, si esto sucediese con alguien de suma confianza, quizás el desconcierto y la confusión no los llevarían a la cautela sino a la histeria y el chillido...quién sabe…

En un tono más ‘pequeño’, me ha encantado lo de que las cajas de una mudanza hacen pensar que la vida sólo está de paso, touché!
Por cierto, con tu permiso, me voy a imprimir un buen puñado de tus cuentos, lo voy a encuadernar y me voy a hacer mi propio libro de Vera Eikon, ¿te parece? (y sí, en algún momento te lo haré firmar –descuida, que antes te daré buen vino y uno que yo me sé te cocinará manjares, jaja)

Ay, y ya paro, pero te cuento que al lado de mi casa, a la entrada del parque, hay una flecha en el suelo que señala ‘el norte magnético’, flecha en la que reparé por primera vez el día que conocí a quien ya tú sabes…adoro pasar por allí, y reconozco que me cambia el centro gravitatorio interno cada vez que veo tanto a la flecha, como al amado ;))

Mil gracias por el relato, ya sabes que son mi debilidad de ti.
Bicachuuussss!!!!

Anónimo dijo...

No pude terminar, a qué mentir. Por una u otra cosa, no lo terminé. Pero que me encantó la fantasía de encastres. De puzzles que les dicen rompecabezas, porque esto de encajar perfecto es un rompedero de cabezas, que si encajamos, puede terminar aburriendo, que si no encajamos, nos ponemos de nostalgia. Y me encantó la fantasía. Por suerte existe la ficción. Y beso.

El Joven llamado Cuervo dijo...

Era yo el anónimo precedente...

Axis dijo...

Como Maquinista sonrío mientras leo tu historia, tu bella historia.
Me lleno de imágenes, de incertidumbre y de una sensación tan placentera como cuando ella toma contacto con el jersey de él.
Con esa suavidad tan acogedora...
Con esa dulzura tan varonil.

Besos y más besos!

Sinuhe, el que es... dijo...

Hola, Vera:

Perdoná que me presente con semejante pregunta pero... ¿No serás hija ilegítima de Italo Calvino?

¡Qué atrevido! Disculpame.

No te asustes pero es posible que algún exámen médico futuro te encuentren vestigios de "cosmicómicas" entre escurridizos linfocitos y leucocitos. Esto, aunque no suena muy bien, es algo positivo.

Me gustan los relatos que transitan este nivel de ficción; es reconfortante leerlos y me imagino que debe ser un buen ejercicio para la mente desarrollarlos.

El final es muy acertado: la sensación de abandono ante el inevitable poder que los atrae; y además, una delicadeza de tu parte, dejarlos sin que se den cuenta que la vida es, en sí misma, una experiencia cercana a la muerte; eso queda para otro capítulo, tal vez.

Hacía mucho que no leía un relato con blues incluído (lo estaba buscando).

Seguiré atento ante futuras producciones.

Quedo muy complacido.

Saludos!-

vera eikon dijo...

Me encantan las sensaciones que me transmites, Amanecer Nocturno, y sobre todo el hecho de que sean los personajes los que te han llegado. Creo que en algún momento, mientras escribía(o en realidad a medida que la historia se iba forjando en mi cabeza), los sentí como algo vivo. Gracias por leer(sobre todo cosas que son tan y tan largas para el formato blog). Bicos, preciosa!!!

vera eikon dijo...

Gracias Isabel. Te confieso que temía que un relato tan largo apenas tuviera lectores. Me gusta lo que me dices de las frases, pues me temo que a veces se supeditan al pulso de la ficción y si tú sientes que alguna está bien trazada, ya me doy por satisfecha. Un abrazo enorme, querida Isabel

vera eikon dijo...

Pues sí, Maquinista, es algo casi violento. De repente hay una chispa y la historia ya está ahí, enterita, sólo tengo que apresarla con mis palabras. Es cierto, los cuerpos son sólo una metáfora, en realidad el magnetismo es de los corazones, de las almas, pero tampoco creo que puedan desligarse de los cuerpos.
Por supuesto, me halaga que hayas decidido imprimirte mis cuentos, y hacer tu propia edición. Creo que me voy a reír mucho cuando me lo des a firmar...
Tenía miedo de que el relato pareciera desligado, y que no se llegara a empatizar con los personajes. Que el que lee no pudiera sentir la tensión, y la atracción que existe entre los mismos. Uno puede tener algo muy claro algo en su cabeza pero no sabe cómo se proyectará en la cabeza del lector.
Me encanta la casualidad que me cuentas, reparar en una flecha que nos señala el norte magnético justo cuando se encuentra el amor. ¿Quién regirá estos mecanismos tan extraños? Siempre me hacen pensar que en la vida sí existe la magia(¿viste una película que se llama Mr Nobody. Me encanta, está poblada de pequeños efectos mariposa. A veces alejan y otras acercan a las personas..)Si tuviera la capacidad, escribiría un libro de relatos en el que el eje de cada historia fuera siempre una casualidad...Y es cierto, el amor es eso, algo que cambia nuestro centro gravitatorio. Y que así sea.

Gracias por tu comentario, en el como siempre se aprecia que es fruto de una lectura atenta, y de haber ahondado en las distintas superficies de la ficción. Bico, enorme querida. Espero que nos atopemos cedo!!!MUAAAAAAAAAKKKKKKKSSS

vera eikon dijo...

Obvio que no era necesario que se aclarara la identidad del anónimo. Desde el primer momento supe que se trataba del Joven llamado Cuervo. ¿Quién sino me iba a decir que no había sido capaz de acabarse uno de mis cuentos?? En fin, que usted y yo ya nos conocemos...Creo que en esta historia el magnetismo, ese modo de encajar a la perfección, es algo más bien natural, incluso animal. No tiene tanto que ver con las complejas relaciones humanas, sino más bien con el movimiento de los planetas, o la fuerza de atracción que sobre el mar ejerce la luna. Tienes razón, menos mal que existe la ficción. Pero yo no he podido evitar sentir ciertos golpes cuya sustancia se asemeja más a la fantasía que a la realidad en mi propia vida...Por eso me siento bastante cómoda escribiendo cosas en las que se combinan indistintamente las dos cosas. Beso

vera eikon dijo...

Qué bien que te haya transmitido esas sensaciones, querida. Qué linda que te imagino sonriendo de ese modo, mientras lees. No quiero renunciar a esa idea de que en la vida-aunque si bien de un modo no tan apremiante-existe la magia. Quizás un día todas las ficciones se desborden, y nos llenen...Bicos, preciosa. Que tengas hermoso día hoy!!!

vera eikon dijo...

No hay nada que disculpar Sinuhe, es obvio que se te da bien piropear...Y sí, estas ficciones resultan muy estimulantes para el que las escribe, porque en ellas apenas hay límites, todo es apertura. El otro día cuando escribí la ficción de la cornisa, pensaba que realmente lo fundamental en estos relatos no es la verosimilitud(en cierto modo lo verosímil nos limita), sino hallar cierto grado de coherencia, para que el relato no se convierta en algo demasiado caótico e ininteligible. Para que el hilo narrativo siempre se mantenga tenso. No sé, creo que es en ellos donde mi imaginación se encuentra realmente a sus anchas, en un mundo hecho a su medida. Muchas gracias por tu lectura y tu comentario. Que menciones a Calvino...UFFF Beso!!!

Aka dijo...

Ay Vera, me ha encantado este relato, el cambio gravitacional que sufren sus dos protagonistas y como el centro al que todos nos sentimos atraídos y nos mantiene sobre el suelo puede verse alterado por una fuerza mayor y despegarnos del suelo, para encajar nuestro corazón con otro, sea por un período más o menos corto de tiempo... eso es lo de menos, ¿cómo resistirse a una fuerza semejante capaz de vulnerar los principios clásicos de la física? Viva las alteraciones que nos permiten desprendernos a temporadas de la pesadez gravitacional por otros campos más atractivos y apacibles... opino como Maquinista, ya lo he comentado otras veces, que tus relatos son una delicia para los sentidos, e igualmente me los voy guardando para mi biblioteca personal...

besos ligeros de los que cruzan campos gravitacionales.

vera eikon dijo...

Es justo eso Aka, un sentimiento que altere las leyes de la física, y a la vez el origen del mismo sea físico. En cierto modo está emparentado con otro relato más breve que hablaba de planos inclinados. De cómo cuando él aparecía el plano del mundo se inclinaba. Y es como dices, en estos casos el tiempo es lo de menos, lo importante es la intensidad y la evidencia. Y aunque no es otra cosa que una gran metáfora, a veces sí que nos sentimos así, como si existiera una fuerza que nos arrastra hacia la otra persona, sin que exista una fuerza que podamos oponer. Me encanta verte de nuevo por aquí. Espero que sigas tan feliz como las últimas veces que hemos hablado. Y gracias por lo de mis relatos. Me ponéis una sonrisa un ligero rubor al decirme esas cosas. Besos, ingrávidos, sí...

Rayuela dijo...

vine tres veces a leerte, pero nunca lograba terminar, debido a la extensión del relato, o a mi falta de concentración...
ahora leo, leí.es imposible resistirse al magnetismo de tus ficciones.

besitos*

vera eikon dijo...

Te entiendo, Silvia. A mí suele pasarme que me cuesta concentrarme en lo largo(sea porque me resulte tedioso, o porque tengo una cabecita muy dada a la dispersión). Sé que el formato blog es más para cosas cortas, pero me alegra mucho que volvieras....Bicos!!

jojoaquin dijo...

muy bien escrito. Magnífica lectura de la pintura de Chagall

vera eikon dijo...

Graciñas, neno. Bico!!

María dijo...

Casi no tenía tiempo para leer un relato largo, pero fue tan intenso el magnetismo que no pude parar hasta el final.
Hermoso magnetismo, el amor.
Besos

vera eikon dijo...

Gracias María. De todos el más hermoso. Besoss